Encuentro con el asesino

Catherine era hija de un artesano y de niña fue criada en la capital británica, donde asistió a una escuela de caridad. Contando con diecinueve años se fugó con un soldado, cuyas iniciales llevaba tatuadas en su antebrazo izquierdo. Convivió con éste durante doce años y procreó tres hijos. Años más tarde mantuvo un vínculo estable con un vendedor ambulante, y desempeñó labores zafrales como, por ejemplo, segar lúpulo en la ciudad de Kent, desde donde arribó con su compañero al Este de Londres. Aunque prefería ganarse el pan honestamente, por necesidad ejercía el meretricio en forma ocasional. 
En 1888 su existencia discurría en neto deterioro. Con cuarenta y seis años vivía alejada de sus hijos, quienes renegaban de ella. Tanto le rehuían, que su hija mayor casada suministró una dirección falsa cuando la buscó a fin de solicitarle un préstamo. 
Ese pedido de dinero frustrado fue la razón de que la mujer se trasladase al distrito de Whitechapel, pues ella y su pareja se habían gastado las magras ganancias obtenidas en la recolección de lúpulo. Empeñaron unas botas del hombre para poder dormir en una pensión pero ese dinero no alcanzaba, y él se despidió en busca de un asilo masculino donde pernoctar. A la mañana siguiente se reencontraron en un mercadillo de ropa vieja sito en Houndsditch, entre las calles Aldgate y Bishopsgate, y desayunaron con lo que les quedaba de lo recibido por las botas. Luego se fueron cada uno por su lado, tras prometer volverse a reunir a la noche en ese mismo sitio. 
Llegado aquel momento se había olvidado de esa cita. Era una alcohólica perdida, y en tal estado se encontraba en la noche del 29 de septiembre de 1888. 
–¡Tuuh, tuuh! ¡Abran paso! … ¡Tuuh, tuuh!– gritaba con voz estridente y pastosa por la ingesta de ginebra, imitando el ruido de un carro de bomberos mientras se aferraba como podía al caño de una farola a gas. No era una borracha violenta, pero sus chillidos ahuyentaban a los clientes del puestero delante de cuyo expendio se había ubicado tras salir de la taberna. El comerciante mandó a su aprendiz en busca de algún vigilante, y al rato aparecieron dos policías de la comisaría más próxima, que era la de Bishopsgate. 
–¡Vamos, ven con nosotros a la comisaría! Te quedarás encerrada hasta que se te pase la resaca– le ordenó el más viejo de los dos. No opuso resistencia y la transportaron asiéndola cada uno por un brazo, porque apenas podía mover las piernas. Una vez en la comisaría fue conducida al escritorio del agente de guardia, quien le preguntó: 
–¿Cómo te llamas?
 –Nada– rumió, al tiempo que se dejaba caer sobre un sargento, que trabajosamente la sostuvo. 
–No puede ni mantenerse en pie. ¿La pongo en el calabozo? 
El agente de guardia frunció el ceño y asintió. Próximo a la una de la mañana se reincorporó y preguntó cuándo la dejarían marcharse. 
–Cuando seas capaz de cuidar por ti misma– repuso el custodio, acercándose a su celda con un cuaderno y una pluma en la mano. –Y, a propósito: ¿Cómo te llamas y dónde vives? 
Ella dio un nombre y una dirección falsas. El policía tomó nota y, como al menos podía mantenerse erguida, le abrió la reja.
–Mi marido me dará un tremendo rezongo cuando se entere que estuve presa. 
–Y te lo tendrás bien merecido– le contestó, y la escoltó hasta la salida. –No tienes derecho a emborracharte. Buenas noches. 
El agente de guardia la había tratado bastante bien, pero Catherine no toleraba a los polizontes. Al darse cuenta de que no irían a volver a encarcelarla se despidió con un insulto. 
–Buenas noches, gallo viejo. 
«Gallos viejos» o «Moscardones azules» –por el color de su uniforme– representaban algunos de los epítetos despectivos con que los habitantes del este de Londres se referían a los policías. Luego de salir a la calle, a la 1.15 de la mañana, giró a su izquierda en dirección a Houndsditch, donde prometiera reunirse con su pareja nueve horas atrás. 
Sin embargo, no siguió recto por ese sendero sino que en cierto momento ejecutó un rodeo y se encaminó rumbo a la plaza Mitre. Se trataba de una zona discreta, poco concurrida, con casas de fachadas de ladrillo a la vista. Supuso que podría hallar un cliente en ese lugar, dado que necesitaba con desespero obtener dinero para comer. 
Por entonces ya sentía mejor, se le había ido la resaca,y confiaba que tendría suerte. Se consideraba atractiva, pues sabía que aparentaba ser bastante joven. Nadie acertaba a darle su edad real. Además esa noche lucía su mejor vestimenta, toda de color oscuro: guantes de gamuza que estilizaban sus manos, un chal que cubría su torso delgado, y un coqueto sombrerito sobre su cabellera peinada con un delicado rodete. 
Al llegar a la esquina creyó que sus deseos se hacían realidad. Bajo la tenue luz de una farola a gas vio venir a aquel tipo bien vestido. Todas sus ropas eran sobrias y caras: sombrero, camisa, corbata, saco y capa. Traía aferrada con su mano izquierda un maletín de cuero, como el de los médicos. Seguramente no tendría problemas en pagarle cuatro peniques. Catherine se aproximó para ofrecérsele, pero cuando pudo verle bien el rostro se frenó en seco. Las penurias de su vida la habían hecho desarrollar la intuición, sabía olfatear el peligro. Y de aquel individuo emanaba una aura siniestra. Debía alejarse sin perder un segundo. 
Dio media vuelta para volver sobre sus pasos y escapar. Sin embargo, él fue más veloz. Estaban en plena calle, entre las penumbras, ni un alma por los alrededores. Aquel sujeto la agarró desde atrás por el cuello y, con frenética violencia, la derribó. Ahora ambos forcejeaban sobre los adoquines húmedos de la plaza. El cazador montado encima de la espalda de su presa, y ésta revolviéndose con desespero, tratando en vano de quitarse de arriba el musculoso cuerpo de su agresor. Sintió una fornida mano cerrarse como un cepo en torno a su garganta, mientras el peso de aquel desquiciado la inmovilizaba. Esos dedos apretaban más y más, todo se nublaba. Tumbada e inerme advirtió un chisporroteo. El leve resplandor provenía desde el filo del cuchillo que él empuñaba con su mano libre. El acero rasgó cercenando la garganta. 
Tras asegurarse que su víctima ya no se movía, el asesino se levantó y fue en busca de su sombrero, caído durante la refriega. Luego abrió el maletín, que había abandonado antes de correr hacia ella. Volvió a dónde yacía el cadáver. Ya había extraído el bisturí, el escalpelo y los demás instrumentos para la disección. Tenía cronometrado cuando el policía pasaría por allí, en su ronda nocturna. Apenas le quedaban diez minutos, debía apresurarse. 
* Texto de Gabriel Antonio Pombo.

Comentarios

Entradas populares de este blog

Una noche de furia

La mansión condenada

La última confesión