En caída

Aquella madrugada Emily Holland, a quien también llamaban Ellen sus amigas y sus clientes, volvía a su alojamiento en el número 18 de la calle Thrawl. No había esta vez candidatos a la vista para una cincuentona como ella, pero se conformaba recordando que dentro de su modesto bolso guardaba los cuatro peniques que costaba pagarse el catre. El resto del dinero lo había gastado en la compra de embutidos y ginebra mientras regresaba del muelle, luego de contemplar el ardiente panorama. 
Había valido la pena la larga caminata. En el este del Londres de la Reina Victoria raramente ocurría algún evento atractivo. La caminante conservaba en sus retinas el fulgor rojizo de las llamaradas que, tras propagarse desde un almacén de brandy en el dique seco de Ratcliffe Highway, arrasaron unas míseras casuchas y encendieron la base de la iglesia. 
Era casi de medianoche y los bomberos todavía no habían logrado sofocar la voracidad del fuego. Los resplandores se reflejaban sobre el río Támesis y se avistaban desde los suburbios, a kilómetros de distancia. Corrió de boca en boca la sensacional noticia y hasta el puerto, curiosa y excitada, se dirigió ella, al igual que lo hicieron en aquella ocasión centenares de pobladores de Whitechapel.
 Sin embargo todo lo bueno se acaba y también llegó a su fin el gratuito entretenimiento nocturno de ese 30 de agosto de 1888. Pronto se harían las 2.30 de la madrugada del día entrante y, como quedó dicho, Emily Holland retornaba a su refugio. Entonces fue que la vio. 
La pequeña meretriz avanzaba tambaleándose contra la pared. Producto de una borrachera –otra más de ellas– sus piernas apenas coordinaban. Vestía ropa más harapienta que de costumbre y el único toque disonante con la desastrada apariencia lo conformaba un sombrero de paja negro con ribetes de terciopelo que parecía recién estrenado. Ellen se aproximó a la patética figura para cerciorarse. Sí, sin dudas, era ella. Su compañera de oficio y de albergue Mary Ann Nichols, mejor conocida por el apodo de Polly. 
–Pero, ¿si eres tú Polly? ¡Por Dios, qué mala cara traes! –exclamó–. ¿Adónde vas? Ya son las dos y media de la noche.
 –Hola Ellen– respondió aquella con tono apagado. 
– Es que debo ganarme la plata para pagarme la cama. No tardaré mucho. Tengo que conseguir a otro. Esta noche ya me gané tres veces el precio, pero las tres veces me lo bebí. 
 –No hay caso contigo, mujer. Tú sí que no puedes con tu naturaleza. Bueno, te deseo que tengas buena suerte-. 
 A pesar del aliento brindado, el timbre de voz de Holland delataba un matiz de reproche. Aunque a ésta también le gustaba empinar el codo y en octubre de ese año sufriría dos arrestos por embriagarse y generar escándalo, no se consideraba una beoda. Pero Nichols era un caso perdido. Optó por cambiarle de tema: 
–Vengo desde el puerto adonde fui a ver el incendio. ¿Es que no te enteraste? Estalló un tremendo fuego en Ratcliffe Highway, en el muelle, y todavía sigue ardiendo. Incluso quemó a la iglesia de St George´s en el este. Fue todo un espectáculo... 
 Ellen iba a terminar la frase, pero comprendió que la otra no le prestaba atención. Era claro que su mente deambulaba muy lejos de allí. Escrutó el abotargado rostro de su compañera y sintió lástima. 
 –Te noto muy cansada. ¿Por qué no me acompañas? 
–No, gracias, tengo que conseguir dinero para pagarme la cama-. 
 –Cómo tú prefieras, yo me voy. Cuídate amiga-. 
 Tan sólo un par de horas atrás Mary Ann esbozaba un semblante afable y parecía disfrutar de ánimo alegre y buena salud. Aunque no era que tuviese muchos motivos reales de regocijo, porque la habían expulsado de la pensión en donde se albergaba. Desde los últimos cuatro meses se venía repitiendo ese ciclo nómade y ella continuaba sin establecerse en ningún lado. La vieron salir a las 0.30 del 31 de agosto de la taberna The Frying Pan (literalmente: La Sartén). 
Había bebido más de la cuenta y parecía achispada, aunque se conservaba bastante sobria todavía. Lo malo era que solamente le quedaban dos peniques y necesitaba dormir. Se encaminó hacia el albergue de la calle Thrawl. Sabía que ese dinero no le alcanzaba para pernoctar y que lo más probable era que la rechazaran –allí el precio de la cama ascendía al doble de esa suma, al igual que en los demás malhadados hospedajes del distrito–, pero nada perdía con hacer el intento. 
 –Vamos, te doy dos peniques que es lo único que tengo encima. ¡Te juro que mañana te traigo lo que me falta!– rogó ante el hombre que se mantenía impávido. 
 –Ya sabes cómo funciona esto. La cama cuesta cuatro peniques. Si no los tienes esta noche duermes afuera.
 –¡No puedo creer que por dos miserables peniques me mandes a la calle!– fingió indignarse Nichols.
 –Lo siento, no puede hacerse nada. No soy yo quien fija las reglas aquí-. 
 Era cierto, el gordito calvo y malhumorado al cual la mujer le insistía para que la dejara entrar no era el encargado de la casa de huéspedes sino un suplente, y tenía que cuidar su empleo. Si el otro hubiese estado de guardia esa velada puede que ella lo hubiera ablandado, tal vez habría logrado permutarle el precio del lecho por un servicio sexual rápido y discreto. No sería la primera vez. Pero para su mala fortuna el dueño estaba lejos de allí atendiendo otros menesteres. Resignada, aunque alardeando confianza, dio media vuelta y salió hacia la calle, no sin antes declarar al cruzarse con una conocida:
 –No me importa. Sé que esta va a ser mi noche de suerte. Mira qué lindo sombrerito nuevo llevo puesto– sonrió, mientras lo ladeaba. Estaba persuadida de encontrar a los clientes con que obtendría el dinero preciso para costearse la cama y, alentada por ese convencimiento, se internó en las neblinosas callejuelas. No obstante, otra compulsión aún más poderosa que la de disponer de un techo bajo el cual cobijarse la gobernaba: el alcohol. Ansiaba con desespero beber cerveza, ron, ginebra o el líquido que fuera, con tal de sumergirse en ese estado de embriaguez en el cual el futuro no la angustiaba y su pasado quedaba en el olvido. 
 Un rato más tarde, el agente John Neil –quien media hora antes recorriera aquel sitio sin apreciar nada raro– se topó con el cadáver de Polly, y comenzó a soplar su silbato en demanda de socorro. Eran las 3 y 45 de la mañana. Aquel custodio reparó en significativos detalles. Además del impresionante tajo, y de la sangre manando a través de la herida, estaban aquellos ojos muy abiertos, casi en blanco y aterrorizados, que conferían un aspecto horrible a la faz de la víctima. Pensó que se trataba de un suicidio y en vano buscó el arma capaz de haber infligido el corte. Recién entonces cayó en la cuenta de que estaba frente a un homicidio ejecutado mediante degollamiento.
 El jueves 6 de septiembre de 1888 se retiró el cuerpo de la morgue para introducirlo en un tosco ataúd y, previo a cerrar la tapa, le tomaron la única fotografía que se conserva. Su féretro fue izado a un carruaje con caballos que se dirigió al cementerio de Ilford, distante a diez kilómetros de aquel antro fúnebre. En una tarde gris y lluviosa se extrajo el cuerpo y fue colocado dentro de una fosa recién cavada, recibiendo sepultura directamente en la tierra. El padre de la extinta, su cónyuge, tres de sus hijos y algunos policías asistieron a la ceremonia. 
 * Texto de Gabriel Antonio Pombo.

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