El último viaje
A las 2 horas y 30 minutos de la madrugada del 31 de agosto de 1888, en la esquina de las calles Osborn y Whitechapel Road, la prostituta Mary Ann Nichols, apodada Polly, dialogaba con su amiga y colega Emily Holland.
A través de la ventanilla apenas descorrida del elegante vehículo y a pesar de la distancia que separaba al observador de la pareja de mujeres, se revelaba una esencial diferencia entre ambas.
Estaba claro que se trataba de trabajadoras sexuales. Ambas eran vulgares y de mediana edad. Pero la de complexión pequeña, que lucía un sombrerito de paja negro con ribetes de terciopelo, se veía notoriamente borracha. Constituía, por lo mismo, una presa fácil.
El pasajero hizo una señal a su chofer, para que se mantuviese alerta. No bien las meretrices se separasen debía seguir a la más menuda. Así sucedió. Una vez que quedó sola, y cuando se aprestaba a cruzar la esquina, el rodado interceptó a la ebria tambaleante.
Desde la calle podía divisarse, sentado dentro de la cabina del carruaje, al hombre de treinta y cinco años, cabello renegrido, sombrero hongo y corto bigotillo. Enjuto pero fuerte.
Las ruedas rechinaron sobre el empedrado, a raíz de la imperiosa frenada realizada a la vera de la caminante. Los equinos resoplaron. El inesperado ruido la sobresaltó.
Al levantar su cabeza, que llevaba gacha, miró hacia esa dirección y vio a un sujeto atildado y sonriente que le hablaba desde su trono.
–Hola querida. ¿Damos un paseo? – le propuso.
La mujer se sorprendió. Ese tipo parecía ser un caballero, pero era extraño que por esos andurriales apareciera uno de ellos realmente. Aun cuando sabía que, cada tanto, señoritos adinerados se escapaban de sus hogares burgueses del West End, y acudían allí en procura de diversión, no era frecuente que abordasen a una ramera veterana. Debido a tal rareza, más que por genuina desconfianza, fue que ella contestó:
–Yo no me subo a tu carro. Si quieres tener algo conmigo, baja y ven a buscarlo.
Su tono vocal, pastoso a consecuencia de su lengua trabada por la ingesta de alcohol, trasuntaba un dejo de sorna. Sin embargo, bastaría muy escaso esfuerzo para persuadirla. Sólo algo de insistencia y habilidad. El oferente ni siquiera necesitó descender de su transporte. Tenían prevista una eventual resistencia fingida.
Fue el barbado cochero quien se apeó, y le cerró el paso a la requerida. No fue grosero. Llevó una mano a su sombrero sin quitárselo haciéndole una rápida reverencia, y empezó a conversar. Usó el lenguaje propio de un obrero, al cual aquella estaba habituada. Le dijo cosas tranquilizantes: su patrón era un hombre normal y saludable deseoso de compañía. Se había escapado de su copetuda esposa, le confió. No quiere tener problemas, ni te los va a traer a ti. Nada de gustos pervertidos ni de extravagancias. Únicamente busca un alivio fácil y te ofrece una generosa retribución a cambio. Llegado a ese punto de su charla extrajo ocho peniques, al tiempo de que le prometía entregarle un monto igual al finalizar el trabajo sexual.
Ella recogió el dinero sin chistar. Ya no tendría que dormir a la intemperie en lo que restaba de aquella madrugada. El chofer se proseguía explicando:
Su empleador resultaba un poco tímido, aclaró. Ya sabes cómo son estos señorones. Además, no debería hacerlo en un sucio callejón. Se la trataría cual si fuese una dama. Primero darían un paseo saliendo del este de Londres hasta arribar a un hostal limpio y confortable. Una vez concluida su labor, se la traería de vuelta al distrito, donde ella quisiera.
Y, tras un intervalo, a manera de argumento que se le hubiese ocurrido de repente, comentó:
–En el carro hay bombones y licor fino para que disfrutes por el camino. Nada de ginebra barata-.
Seguidamente, para ganar su confianza, el sujeto le alargó una petaca llena hasta la mitad con whisky. La beoda no se hizo rogar. Aceptó ese convite llevando a sus labios el extremo destapado del recipiente y, dando un profundo sorbo, empinó de un solo trago el espirituoso contenido.
–Cómo se llama el tipo? – inquirió.
–James Smith – repuso el cochero.
La buscona rio por lo bajo.
–Nombre y apellido demasiado corrientes para tratarse de un ricachón, ja, ja. Ya sé que me estás mintiendo, pero igual no me importa.
Mary Ann Nichols ya no recelaba. Fue junto al otro caminando rumbo al carruaje. Posó su pie en el pescante y, ayudada por aquel mozo, tomó impulso saltando dentro de la cajuela.
Allí su cliente la aguardaba. Este bajó la cortinilla y, con ademán galante, le indicó que se acomodase a su lado. con una mano asía una copa rebosante de licor y se la ofreció.
La mujer se sentó sin saludar. Tomó el cristal y escanció todo el líquido de un buche. Tragó sin paladear. Hubiese sido inútil que lo hiciera. De tanto alcohol trasegado, sus papilas gustativas ya no funcionaban a aquella hora.
No logró darse cuenta si la bebida era de tan alta calidad, conforme se le había asegurado.
Tampoco percibió que había ingerido algo más que licor. El narcótico mezclado con el aguardiente no la sedaría en forma instantánea. A la invitada le bastó con comprobar que era cierto que le daban de beber, tal cual le prometiesen. Tras ello, él depositó con delicadeza, encima del regazo femenino, una cajita abierta que contenía chocolates. Ese convite la puso de mejor humor aún. Ya era momento de dejar de hacerse la difícil.
–¡Hola cariño! – le saludó al fin –Prometo que te haré
pasar un rato muy agradable.
Y sonriendo sin abrir casi la boca, para que no se le notaran los dientes faltantes, añadió.
–Pareces ser una buena persona, James Smith. Aunque estoy segura de que no te llamas así.-
No podía imaginarse que aquellos sí representaban sus nombres y apellidos verdaderos. No se le había ocultado la identidad de su distinguido cliente. Ni siquiera se molestaron en mentirle. De cualquier forma, ambos hombres sabían que Polly no sobreviviría tras aquel viaje.
A mitad de camino, mientras ella se apretujaba con torpeza contra el cuerpo de su cliente, algo extraño ocurrió. Desde atrás un segundo individuo se irguió de improviso, delatando su presencia. Sus fuertes dedos se cerraron en torno al cuello de la aturdida presa, bloqueando el riego sanguíneo en sus carótidas.
El desmayo resultó una bendición para la agredida. Le ahorró sufrir dolor y pánico.
Casi no sintió cómo el filoso cuchillo rasgaba su garganta dos veces hasta alcanzar la columna vertebral. Mientras el falso cliente la tajeaba, el ayudante la cubría con una gruesa manta impidiendo que la sangre estropease el aterciopelado interior. El fluido que brotó fue mínimo pues el corazón, privado de oxígeno, había cesado de bombear.
Luego el jefe ordenó al cochero detener los caballos. Entre los dos asesinos la bajaron, y arrojaron su cadáver encima del pavimento húmedo y sucio.
Mary Ann Nichols dejaba este mundo discretamente, tan sola y abandonada como se había encontrado durante toda su existencia.
* Texto de Gabriel Antonio Pombo.
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