El regreso de Baba Yaga

Ni sus compañeros, amigos ni tampoco vecinos sospecharon jamás de la personalidad un tanto siniestra de la mujer. Todos la recordaban como una persona cariñosa, amable, simpática, con buen corazón, aunque con unos hobbies algo lúgubres. Tamara Samsonova, de por entonces sesenta y ocho años, era una fanática de los horóscopos, la astrología y la literatura sobre magia negra. Desde tiempo atrás estaba obsesionada con las trágicas hazañas de uno de los peores asesinos en serie soviéticos, Andrei Chikatilo, el ‘Carnicero de Rostov’, condenado a muerte y ejecutado en 1994 tras perpetrar cincuenta y tres terribles homicidios.
Una de sus vecinas, Marina Krivenko, se asombró del enorme interés que mostraba su conocida por un personaje tan sanguinario como Chikatilo. Y, aunque aseguró que Samsonova “Coleccionaba información de él y le gustaba comentar la forma en que él [Andrei Chikatilo] cometió sus homicidios”, no obstante la residente nunca creyó que aquella curiosa afición por los serial killers acabaría convirtiendo a su vecina en uno de ellos.
Si se le preguntaba a Tamara por la ausencia de alguno de los huéspedes a quienes arrendaba habitaciones en su vivienda, la mujer siempre ponía alguna excusa. Nadie sospechó que detrás de aquella señora de apariencia gentil se escondía la mente de una psicópata asesina. Ni siquiera cuando en alguna conversación, refería:  "Seré popular y famosa" o “Causaré sensación” se consideró a estas actitudes de Tamara como otra cosa que no fuesen excentricidades de una mujer solitaria. 
Su círculo cercano no sabía a qué se estaba refiriendo con dichas afirmaciones, pero tras comprobarse su último homicidio todos cayeron en la cuenta: el objetivo de Tamara era matar para alcanzar la fama. Cumplió este perverso anhelo en el año 2015, al mudarse temporalmente con su amiga Valentina Nokolaevna Ulanova, de setenta y nueve años. 
Una tarde de octubre de ese año, durante varias horas, Samsonova extrajo siete bolsas de basura negras que dejó abandonadas en un terreno próximo a su casa. Además, arrojó una gran cacerola con la cabeza y las manos de la víctima a un contenedor, pero esos despojos nunca aparecieron. Todo este periplo vesánico fue grabado por las cámaras de seguridad del edificio y de locales comerciales sitos en calles adyacentes: en las imágenes, que todavía circulan por Internet, se puede observar a la añosa victimaria, ataviada con un chubasquero azul, arrastrando los restos de la infortunada Valentina por la calzada. Unos días más tarde, el olor nauseabundo que despedían los desechos humanos puso en alerta a los bomberos y a los policías. 
Piso por piso, los agentes fueron interrogando a los vecinos y, para cuando la crápula abrió la puerta de su vivienda y vio a la policía,  gritó —¡Fui yo!—. Estaba orgullosa de los crímenes perpetrados.
Con esta confesión, las autoridades llevaron a la sospechosa a la comisaría local donde, aparte de confirmar el asesinato de Valentina, también reveló, muy entusiasmada, detalles de otros diez homicidios más. 
—No es mi primer asesinato, ya he matado a otras personas.— aseguró. 
Entre tanto, los policías registraron la finca donde residían Valentina y Tamara en busca de pruebas y encontraron la bañera con sierras y cuchillos empapados en sangre, la nevera conteniendo restos humanos almacenados en papel de aluminio, libros de magia negra y astrología, multitud de información referida a su ídolo criminal, el homicida secuencial Andrei Chikatilo, así como varios diarios personales escritos en ruso, inglés y alemán. En estos últimos, la anciana relataba los asesinatos consumados, cómo se había comido los pulmones de una de sus víctimas, e incluso, dibujaba el modo en que desmembraba a sus víctimas.
—Maté a mi inquilino Volodya. Lo corté en pedazos en el baño con un cuchillo, puse los pedazos de su cuerpo en bolsas de plástico y los tiré en diferentes partes del distrito de Frunzensky.—señalaba en uno de esos extractos.
La asesina serial fue declarada mentalmente incapacitada y, desde entonces, permanece recluida en el centro psiquiátrico de Kazán bajo tratamiento y supervisión médicas.
La noticia de los crímenes de la abuela destripadora conmocionó a la opinión pública, y los medios de prensa llenaron decenas de páginas con su tétrica historia. De hecho, algunos rotativos titularon lo ocurrido como ‘Pesadilla en la calle Dimitrova’ y llegaron a denominar a la criminal con el apodo de "Baba Yaga", nombre de un personaje del folclore eslavo que representa a una anciana que engañaba a sus víctimas para comérselas.
* Texto de Gabriel Antonio Pombo.




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