El imitador
William Waddell asesinó a su novia, Jane Beadmoore, en la madrugada del 23 de septiembre de 1888. Tras matarla en su habitación, mutiló al cadáver de la forma en que lo hacía Jack el Destripador. Dejó profusos rastros sanguinolentos en el suelo y en las paredes, para tratar de hacer creer que la chica había sido objeto de una agresión atribuible al maníaco que por entonces asesinaba mujeres en Inglaterra.
La occisa contaba con veintiocho años, seis más que su matador, un joven de mala reputación que se ganaba la vida realizando trabajos ocasionales.
El crápula, si bien se mostró hábil al imitar los precedentes crímenes del bajo Londres, intentando de ese modo despistar, incurrió en errores muy torpes que determinaron su captura. Entre estos fallos se destacó el hecho de vender a una tienda al menudeo –dos días después del homicidio– su ropa manchada de sangre.
Varios testigos declararon haberlo visto ingresar a la vivienda de la difunta momentos previos al ataque fatal, y salir al rato sospechosamente nervioso y agitado. Además, su precipitada huida del distrito donde residía contribuyó a ponerlo en evidencia.
Dos meses más tarde fue apresado. Confesó que los cortes en el vientre los había inferido buscando que culpasen al otro ejecutor para así, valiéndose de ese ruin subterfugio, engañar a los investigadores y conseguir salir impune.
El crimen estuvo motivado por los celos, y por la frustración sufrida por el sujeto al verse rechazado en su tentativa de reanudar la relación sentimental. Su agresión no resultó un acto impulsivo sino que, tras cometer el asesinato, intentó despistar.
Quiso alejar de sí la atención de la policía, cuando decidió imitar esa operativa. Buscó que los pesquisas creyeran hallarse frente a otro deceso perpetrado por el psicópata que luego se haría tristemente célebre bajo el mote de "Jack el Destripador".
Sin embargo William Waddell no copió el cruel acto de rebanar a cuchillo la faz de Jane (hasta entonces ninguna víctima del Destripador había sido desfigurada), sino que ese brutal añadido obedeció a un impulso repentino.
Como el individuo conocía a la mujer, y se hallaba ligado pasionalmente a ella, procuró deshumanizar al infligir esa desfiguración facial pues, según confesaría a sus aprehensores: « No pude soportar cómo me miraba.»
De nada le valió la treta al imitador. Se reveló el fraude, y pagó su culpa en la horca.
* Texto de Gabriel Antonio Pombo.

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