El caballero estrangulador

John Reginald Christie aparentaba ser un típico caballero inglés del siglo XX. Era taciturno, meticuloso, muy educado y estaba formalmente casado. Pero detrás de su decorosa fachada se escondía un lado oscuro y escalofriante. Llegaba a su fin el año 1953 y el flamante arrendatario de un edificio londinense sito en Rillington Place estaba enfrascado en las reformas necesarias para volver confortable el apartamento número diez, que tres días antes le fuera entregado sucio y en completo desorden. El bajo precio del arriendo se compensaba con las refacciones que el inquilino se comprometía a efectuar. Sin embargo, la tarea le venía resultando más ardua de lo imaginado. Se propuso hacer unos orificios para fijar clavos sobre la pared de la cocina con el propósito de empotrar allí una alacena. Martillo y cincel en mano se volcó a la tarea. Al primer golpe el falso muro cedió dejando al descubierto un amplio boquete. En lugar de una superficie sólida había un hueco oculto tras un empapelado. Fastidiado por lo que creyó era una torpe treta del dueño para hacerle creer que la vivienda no estaba en condición tan calamitosa, arrancó de un tirón el papel para ver qué había detrás del mismo. Estaba muy oscuro, por lo que se sirvió de una linterna con cuyo haz lumínico enfocó un sospechoso bulto envuelto en una sábana. El aterrado inquilino no necesitó descorrer la tela para adivinar lo que contenía su interior. Su olfato agredido por el fétido olor que de allí procedía se lo anunciaba a las claras: se trataba del cadáver en avanzado estado de descomposición de una mujer fallecida por estrangulamiento. Y no había sólo un cadáver. Atrás de éste, yacían otros dos cuerpos femeninos finiquitados a través de idéntico procedimiento. Un registro posterior localizó -aparte de esos tres- otros dos cuerpos enterrados en el jardín trasero, y también el cadáver de la esposa del anterior ocupante. Puestos a investigar, los policías supieron que aquel individuo había participado en un proceso penal de ribetes sensacionales, aunque no en calidad de acusado sino como testigo. Todos recordaban cómo el hombre al cual finalmente se condenó a muerte en aquel juicio lo había, a su vez, culpado de ser el verdadero responsable de los homicidios que allí se juzgaban. En verdad, el joven matrimonio formado por Timothy y Beryl Evans, y su bebé de poco más de un año, constituyeron las más patéticas de las víctimas cobradas por el homicida sexual que fingía ser un perfecto caballero. Y es que John Reginald Christie -tal el nombre de éste- y su esposa Ethel se habían convertido en buenos amigos de sus flamantes vecinos los Evans, quienes se trasladaron a vivir a un apartamento del edificio sito en el número diez de Rillington Place en Londres, donde desde años atrás habitaban los amables Mr. y Mrs. Christie. La esposa de Christie, Ethel Waddington, no tenía hijos y, de hecho, veía a la graciosa Geraldine como a una hija propia. John Reginald, por su parte, era todo educación y sobriedad, y el joven Timothy -de muy escasa cultura y luces- tenía un gran respeto por sus opiniones y consejos. Esa sería su perdición, pues cuando Beryl quedó embarazada por segunda vez, los Evans le confiaron a John su preocupación: ¿ cómo podrían mantener otra boca con los tan magros ingresos del marido ? El sobrio Christie les aportó la solución. Se debía practicar un aborto, y él se ofrecía para llevarlo a cabo en su propia vivienda, ya que cuando estuvo en el ejército había adquirido los conocimientos médicos precisos al efecto. Al atarceder del 8 de noviembre de 1849 cuando Evans vuelve de su trabajo Christie lo aguarda dándole la terrible noticia de que Beryl no soportó la operación. El flamante viudo queda en estado de shock y no sabe qué camino tomar. El aborto es ilegal en Inglaterra y le espera una larga estadía en la cárcel por su complicidad. El criminal se vale de esa turbación y le sugiere que se aleje por un tiempo de Londres. Mientras tanto, él se encargará de dar a la niña en adopción. Aturdido Timothy acepta el consejo y se va de la capital, pero al día siguiente, carcomido por el remordimiento, se presenta ante una comisaría y confiesa haber matado a su mujer. Aunque este hombre tenía muy escasas luces y estaba bajo la influencia de su macabro vecino aún hoy no se explica porqué razón se incriminó de tan grave manera. Cuando la policía registró la finca de los Evans hallaron el cadáver de la chica totalmente vestido y con una corbata anudada a su cuello, a su lado yacía el cuerpecito, también estrangulado, de la pequeña Geraldine. Timothy finalmente comprende el destino que le aguarda y acusa a Christie del intento de aborto y de los asesinatos. En la corte John hace el papel de ciudadano modelo y buen vecino. Informa que el acusado es una persona violenta que con frecuencia le pegaba a su esposa. Se trata de una mentira, pero le creen. Cuando el abogado de Evans recuerda que Christie estuvo añosa atrás cuatro veces detenido por cometer estafas y hurtos, el Fiscal sale en su defensa (John Reginald, luchó en la guerra y fue herido por su país y luego trabajó para la policía con correctos antecedentes) y le pide al jurado que sea clemente: ¡No se está juzgando a este intachable ciudadano aunque haya tenido algunos problemas con la ley en su pasado! ¡Aquí estamos juzgando a un marido y padre asesino!, les advierte. El jurado encontró a Evans culpable y fue condenado a morir en la horca. John Christie había salvado de milagro su pellejo, pero no por eso se corrigió. Antes de asesinar a Beril y a la niña ya había abusado de dos mujeres a las que estranguló. Luego de la injusta muerte de Evans siguió por la senda del crimen. El 14 de diciembre de 1952 su esposa Ethel se despierta presa de un fuerte acceso de tos y convulsiones. Su marido finge ayudarla, pero en vez de ello le aprieta el cuello hasta matarla. El cadáver termina oculto tras el hueco de la pared que tiempo más tarde el nuevo inquilino descubrirá junto a los restantes cuerpos. Desorientado, Christie abandona su trabajo y sale a vagar por las calles de Londres. En marzo de 1953 un policía lo detiene cuando miraba con intenciones aparentemente suicidas desde la barandilla del puente Putney. Estaba requerido por los homicidios de Ethel y de las otras mujeres cuyos cadáveres se hallaron en su antigua vivienda. En realidad mientras vagabundeaba sumido en total desorden mental se cobró otras tres jóvenes víctimas ( una vagabunda y dos prostitutas) a las cuales violó y estranguló. En total asesinó a siete mujeres entre los años 1943 a 1953. Negó haber victimado a la niña Geraldine, pero todo indica que también la mató. El 15 de julio de 1953 fue colgado en cumplimiento de condena dictada por el mismo tribunal que tres años antes había decretado la muerte del inocente Timothy Evans. Trascurrida más de una década de estos sucesos los tribunales británicos exculparon públicamente a éste último, y su memoria fue reivindicada. Los grupos abolicionistas contra la pena capital tomaron el triste caso de Evans como bandera de lucha y ejemplo de los graves peligros e injusticias que esta clase de condena irreparable conlleva. * Texto de Gabriel Antonio Pombo.

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