El alma en pena que buscaba venganza
El incidente que paso a relatar me sucedió cuando vivía en el poblado de Arandas, en la región de los Altos Sur, estado de Jalisco, México.
Corría en el año de 1994 y caminaba en dirección a mi trabajo en el rastro municipal.
Al pasar frente al templo de San Pedro, emplazado en una cuadra donde abundan viviendas muy antiguas, observé en la azotea de una de ellas a un hombre detrás de una cubeta para destazar cerdos.
A su espalda se veía una ventana con rejas y a su costado, apilados sobre unos estantes, reposaban trozos de carne de animales recién faenados.
Aquel individuo empuñaba una cuchilla en su mano diestra y una hachuela en su mano izquierda. Vestía un delantal de carnicero muy salpicado de sangre, y también manchada de sangre estaba su blanca camisa y su cara. Su expresión era hosca y, al acercarme, comprendí que me observaba fijamente, con ojos enajenados.
Lo más extraño y horrible fue que, cuando volví a enfocar mi mirada hacia esa azotea, tras escasos segundos, todo desapareció. Ya no se divisaba al hombre con la cuchilla y la hachuela sangrantes, ni a la cubeta, ni a los trozos de carne apilados, ni a la ventana con rejas; aquel espacio se hallaba totalmente vacío.
Seguí avanzando rumbo a mi trabajo y arribé a la cuadra donde está el Templo de San Pedro. Al levantar la vista, en otra azotea de una de esas viejas mansiones, de nuevo aparecía el mismo sujeto, que me sonreía y miraba con malevolencia.
Entonces ya no tuve dudas de que estaba ante un alma en pena. Por alguna inexplicable razón sólo yo podía ver a ese hombre macabro. Era evidente que los demás peatones, que transitaban tranquilamente por allí, no advertían esa presencia siniestra. Segundos después, la silueta de aquel hombre inquietante se tornó borrosa hasta finalmente esfumarse.
Llegué a mi trabajo con el corazón latiéndome al máximo. Tan agitado y nervioso estaba que, el viejo capataz de la obra en la que por entonces yo laboraba me preguntó cuál era la causa de mi deplorable estado. Cuando le narré mi insólita experiencia intentó calmarme.
- No te estás volviendo loco- me aseguró.
- Solo muy pocos son capaces de ver a esa alma en pena, y tu has sido uno de ellos-.
La trágica historia de aquella alma en pena, me explicó, databa de la época de la Guerra Cristera; y ese espíritu era el de un carnicero, cuya esposa e hijos fueron asesinados durante aquel conflicto bélico. Por tal motivo, siempre se lo veía lleno de odio empuñando la cuchilla y la hachuela sangrantes propias de su oficio, presto a matar con ellas a los homicidas de su familia.
El hombre había enloquecido de dolor y tras fallecer, hasta el día de hoy, su alma penante aparece en las azoteas de esa viejas casonas mirando hacia la calle, esperando avistar a los culpables de su desgracia para matarlos y consumar su venganza.
Tras conocer la trágica historia me tranquilicé un poco. Sin embargo, al día siguiente, al sobrevenir mi nueva jornada laboral, volví a sentir miedo.
Lo peor era que no tenía más remedio que atravesar esas calles para acudir a mi trabajo. Pero, gracias a Dios, ya nada extraño había sobre las azoteas de esas añejas fincas, y no se materializó por ningún otro lado el espectro vengador del carnicero fantasma.
Recién cuando me mudé del poblado logré olvidar esa experiencia aterradora que ahora, luego de tanto tiempo transcurrido, me animo a compartir.
*Nota aclaratoria: La guerra cristera fue un conflicto armado entre el gobierno mexicano y los milicianos católicos (llamados “Cristeros”) que se desarrolló entre 1926 y 1929.
*Texto de Gabriel Antonio Pombo

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