De cacería
La joven se encaró al espejo del lavabo. Oscuras manchas rojas salpicaban la piel de su tórax, sus hombros y la parte superior de su negro disfraz. Había regresado a su apartamento tras su exitosa primera incursión nocturna, pero a pesar de la presa humana cobrada aún no estaba saciada.
Sería por causa de la luna llena, supuso.
Las noches de plenilunio le daban un apetito fatal. Contempló su hermoso rostro y sonrió al recordar el mito popular de que los vampiros no reflejan su imagen en los espejos.
—Una tonta superchería, otro bulo en el que creen los ignorantes— pensó.
Sus labios se veían ahora más rojos que la sangre extraída a su víctima. También sus ojos se enrojecieron de súbito, delatando su naturaleza no humana.
Acomodó sus cabellos rubios dentro de la capucha y, luciendo su sensual atuendo vampírico, salió de su guarida.
Afuera lloviznaba y una espesa bruma invadía la ciudad. La redonda luna colgando en el cielo nocturno alumbraba su silueta femenina. Los peatones que deambulaban por esa oscuridad creyeron ver junto a la mujer de negro a un espectro con cuerpo de esqueleto y rostro de calavera. La muerte acompañaba a esa criatura del averno que, paulatinamente, se fue desvaneciendo entre las calles.
* Texto de Gabriel Antonio Pombo.
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