Camino al abismo

La bella Mary estaba sumida en tristes pensamientos dentro de su pobre habitación. Había llegado a un extremo impensable: pedir limosna portando un cacharro en su mano para recibir las monedas que los viandantes le daban, apenados ante su lastimosa expresión. Esos eran sin duda los días más aciagos de su existencia hasta entonces, en ese camino hacia el abismo.
Muy atrás había quedado su pasado de prosperidad, cuando asistía a fiestas vestida con impecables galas y luciendo su rubio peinado mientras bebía champagne en copas de fino cristal. Esa vida de lujo pagada por distinguidos amantes que se disputaban por sus servicios había desaparecido por culpa de su alcoholismo y de malas decisiones.
La miseria la estaba enloqueciendo y su imaginación se desbocaba, al punto de creer ver a la muerte acechándola. Se dirigió hacia la pequeña ventana y, con expresión lánguida, se puso a observar el exterior. Estaba angustiada, avanzaba la noche del 9 de noviembre de 1888 y no tenía nada de dinero.
En las calles rondaba el peligro; allí era donde atacaba ese salvaje asesino. Practicar su profesión al resguardo era la diferencia entre la vida y la muerte, y no podía darse el lujo de que la desahuciaran por falta de pago. Pero los clientes no llamarían a su puerta para obtener sus servicios, era ella quien debía salir a buscarlos. Se quitó las míseras ropas, y se vistió con el único atuendo decente que aún guardaba, recuerdo de tiempos mejores.
Esa noche, superando su miedo y resuelta a escapar de ese destino que la conducía al abismo, salió de nuevo a ejercer su oficio. Todavía resultaba una mujer deseable, y estaba segura de que al estar bien vestida no tendría problemas en hallar clientes dispuestos a pagar lo que valía.
Entrada la madrugada, varias vecinas y colegas contemplaron a Mary Jane Kelly, apodada "Jeanette", entrar y salir de la pobre pensión donde residía con candidatos muy diversos.
La señora Mary Ann Cox, una viuda de treinta y un años, también prostituta, la halló asida del brazo de un sujeto desarreglado, bajo, gordo, de mejillas sonrosadas por el exceso de alcohol y bigote rubio. Para tornarlo más ridículo aún, aferraba una jarra de cerveza. Jeanette abrió la puerta del número 13 de la pensión y lo hizo pasar, pero antes de entrar ella misma vio a Cox que se retiraba de su habitación y le anunció:
–Amiga, te voy a dedicar una canción – tras lo cual se puso a entonar una balada titulada «Una violeta que arranqué de la tumba de mi madre».
Aparte de que la melodía era triste, la intérprete desafinaba.
Al rato la viuda volvió a verla salir en procura de otro cliente. El último testigo que la habría avistado en esa velada fue un obrero amigo suyo: George Hutchinson, quien describiría al presunto acompañante que ella habría tenido como un individuo muy elegantemente vestido y «con pinta de extranjero, tal vez un judío».
Aquel viernes era un día festivo para los londinenses en el cual se celebraba la fiesta del Lord Mayor, distinción que recibe el alcalde de Londres, York y otras ciudades importantes del Reino Unido.
Sin embargo no todos se sentían de espíritu alegre esa mañana. Mientras oía el paso de la carroza que transportaba al Lord Mayor y los vítores de la muchedumbre, John McCarthy – locador de aquella joven meretriz y dueño de un bazar con frente a las covachas del edificio designado «La Corte del Molino»– refunfuñaba al revisar sus cuadernos de cuentas. Ocurría que, desde semanas atrás, los números no le cerraban y únicamente se venía sosteniendo gracias a las ventas de su negocio. En una situación normal sus ingresos primordiales derivaban de las habitaciones que alquilaba a las prostitutas en el edificio del número 26 de la calle Dorset, y ahora la mayoría le estaban adeudando.
Al reflexionar acerca de la razón que provocaba esos atrasos masculló para sí: «¡Es por culpa de ese maldito de Jack el Destripador! Las mujerzuelas tienen miedo de salir a las calles a trabajar, y cada vez consiguen menos plata. Por eso les cuesta tanto pagar ahora».
El arrendador se consideraba un hombre razonable. Entendía que había surgido una causa que justificaba que sus inquilinas ganaran menos y por el momento haría la vista gorda y no las acosaría. Sin embargo, al puntear con su lápiz repasó la deuda que mantenía la pensionada del número 13. El valor ascendía a una libra y nueve chelines. Eso era mucho dinero. Por poco que estuviera trabajando le parecía claro que la irlandesa se estaba pasando de lista.
–¡Indian Harry! – voceó, identificando por el sobrenombre a Thomas Bowyer su empleado de cobranzas, que había salido del bazar para contemplar el desfile.
–Ven aquí de una vez hombre, que te necesito.
–Sí señor, a la orden– contestó aquel, entrando con paso desganado y encaminándose hacia el escritorio donde su empleador hacía las cuentas.
–No te voy a mandar lejos. Quiero que cruces la calle y vayas hasta lo de la Kelly para que, de una vez por todas, me pague el alquiler que me debe– levantó el cuaderno, y apuntando con su dedo índice señaló el importe que la muchacha adeudaba.
–Si no puedes obtener el total cuando menos no regreses con las manos vacías.
El otro asintió y fue hasta el perchero en procura de su abrigo. No es que hiciera mucho frío esa mañana, pero el gabán oscuro que ahora se ceñía completaba su apariencia de hombre serio y él se figuraba que lo volvía más digno de respeto ante los morosos.
A las 10.45 el cobrador aporreó a la puerta número 13. Tres, cuatro veces. No hubo respuesta. ¿Estaría la mujer adentro y fingiría no escuchar? A efectos de salir de dudas, "Indian Harry" se dirigió hacia la parte lateral de la vivienda para husmear por la ventana. El vidrio tenía una rotura que permitía introducir la mano y descorrer la cortina. Cuidando no lastimarse apartó la sucia tela y aplicó un ojo a la abertura con el fin de escrutar hacia el interior.
Lo que vio le hizo proferir un grito de espanto y retiró tan rápido su mano que se raspó el dorso, el cual empezó a sangrar levemente. Su miedo estaba justificado.
El macabro hallazgo, que tuvo la desgracia de hacer, resultó uno de los más espantosos y depravados que consignan los anales de la criminología mundial.
Encima de la cama bañada en sangre reposaban maltrechos despojos de aquella que en vida fuera una sensual cortesana. Únicamente llevaba puesto un menguado camisón, que dejaba ver el atroz estropicio infligido a su organismo. Su estómago lucía abierto en canal, y habían seccionado su nariz, sus senos y sus orejas. Trozos de su muslo y fragmentos de piel de su cara yacían junto al cuerpo descarnado. Los riñones, el hígado, el bazo y otros órganos vitales se esparcían sangrantes en torno al cadáver y sobre la mesa de luz.
El dantesco cuadro llenó de horror al cobrador, quién fue corriendo hasta el bazar de su patrón y le comunicó el horrible descubrimiento. Ambos hombres se dirigieron a la pensión y, escudriñando desde la ventana, volvieron a comprobar el hecho. El dueño envió a su empleado a buscar ayuda a la comisaría de la calle Comercial, mientras él se quedaba montando guardia.
Al rato, arribaron los inspectores Beck y Abberline y el superintendente Arnold. También convocaron a los forenses Phillips y Bond. Entre otros agentes sin rango, se hizo presente Barrett de la división H de Whitechapel. Ninguno de los detectives se decidía a impartir la orden de forzar la puerta para acceder al teatro del crimen, pues aguardaban instrucciones de sir Charles.
Transcurrían las horas sin tenerse noticias de éste, hasta que se supo la sorprendente novedad de que el jefe supremo había presentado la dimisión a su cargo en aquella misma mañana.
A las 13.30 el superintendente asumió la responsabilidad de mandar quitar la ventana para fotografiar el interior. Una vez concretada esta medida, se requirió al propietario que rompiera la puerta a fin de hacer posible el ingreso; labor que este hizo valiéndose de una piqueta.
«¡Parecía más la obra de un demonio que de un hombre!» exclamó McCarthy al testimoniar en la instrucción subsiguiente. Con esas palabras dejó constancia de la tremenda impresión que le produjo el monstruoso hallazgo, que estremeció incluso a los más endurecidos policías que concurrieron a la tétrica habitación.
* Texto de Gabriel Antonio Pombo.

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