Bestia al acecho
Al reflejo de los relámpagos, bajo el nuboso cielo nocturno, sus ojos malvados semejaban dos focos que emitían luz roja resaltando aún más el pelaje negro de la bestia. Durante las noches de luna llena la fuerza de aquel monstruo llegaba a su apogeo, y salía desde los bosques para internarse entre las calles de la aldea a cazar seres humanos.
Los pocos testigos que, sin convertirse en sus víctimas, lo vieron, contaron que no tenía forma humana, sino que era un engendro del averno. Lo describían como un animal enorme y de fauces sedientas de sangre.
Pero el rasgo que no podían olvidar, y que los hacía temblar de terror al recordarlo, consistía en esos ojos perversos, de mirada gélida y rojas pupilas que destellaban en la oscuridad.
Los pocos testigos que, sin convertirse en sus víctimas, lo vieron, contaron que no tenía forma humana, sino que era un engendro del averno. Lo describían como un animal enorme y de fauces sedientas de sangre.
Pero el rasgo que no podían olvidar, y que los hacía temblar de terror al recordarlo, consistía en esos ojos perversos, de mirada gélida y rojas pupilas que destellaban en la oscuridad.
Esa mirada diabólica paralizaba a sus presas, les impedía la huida y las dejaba inermes frente a sus acometidas.
El drama causado por esta acechante bestia ocurrió en la región de Gévaudan en Occitania (Francia), en pleno reinado de Luis XV, cuando numerosos miembros de la comunidad francesa de Gévaudan –principalmente niños y mujeres- fueron asesinados tras el ataque de una criatura desconocida.
Los testimonios de los pocos individuos que lograron sobrevivir a la misma, hablaban de un ser monstruoso, una bestia de grandes dimensiones, garras afiladas y nutrido pelaje negro, variando en tamaño y forma, según las distintas versiones, a lo largo de los años en que la criatura mantuvo su mortífera actividad.
Sus víctimas, que se contarían por cientos –aunque existe cierta controversia respecto al número real-, mostraban signos de mordiscos, y sus cadáveres normalmente se recuperaban despedazados y ocasionalmente sin cabeza.
En 1765 se llevaron a cabo las primeras batidas para cazar a la bestia, sin que estas tuviesen éxito, al tiempo que el victimario (si se tratase de un hombre disfrazado de animal, como algunos sostuvieron) continuaba sumando casos fatales.
A su vez, el acontecimiento llegó a la prensa, iniciándose una cobertura de los hechos poco común en el Siglo XVIII para una región rural y tan alejada de la capital como Gévaudan.
Asimismo, las noticias de la incesante caza de la bestia llegaron hasta la corte de Versailles, que decidió tomar cartas en el asunto, enviando a varios emisarios para resolver el problema.
Aunque la corona, a fin de acallar rumores sobre la incapacidad de sus agentes, declaró oficialmente que la bestia había muerto y el caso de Gévaudan había sido resuelto, las muertes continuaron hasta el verano de 1765, cuando el cazador Jean Chastel abatió con balas de plata bendecidas al sanguinario monstruo.
* Texto: Gabriel Antonio Pombo.
El drama causado por esta acechante bestia ocurrió en la región de Gévaudan en Occitania (Francia), en pleno reinado de Luis XV, cuando numerosos miembros de la comunidad francesa de Gévaudan –principalmente niños y mujeres- fueron asesinados tras el ataque de una criatura desconocida.
Los testimonios de los pocos individuos que lograron sobrevivir a la misma, hablaban de un ser monstruoso, una bestia de grandes dimensiones, garras afiladas y nutrido pelaje negro, variando en tamaño y forma, según las distintas versiones, a lo largo de los años en que la criatura mantuvo su mortífera actividad.
Sus víctimas, que se contarían por cientos –aunque existe cierta controversia respecto al número real-, mostraban signos de mordiscos, y sus cadáveres normalmente se recuperaban despedazados y ocasionalmente sin cabeza.
En 1765 se llevaron a cabo las primeras batidas para cazar a la bestia, sin que estas tuviesen éxito, al tiempo que el victimario (si se tratase de un hombre disfrazado de animal, como algunos sostuvieron) continuaba sumando casos fatales.
A su vez, el acontecimiento llegó a la prensa, iniciándose una cobertura de los hechos poco común en el Siglo XVIII para una región rural y tan alejada de la capital como Gévaudan.
Asimismo, las noticias de la incesante caza de la bestia llegaron hasta la corte de Versailles, que decidió tomar cartas en el asunto, enviando a varios emisarios para resolver el problema.
Aunque la corona, a fin de acallar rumores sobre la incapacidad de sus agentes, declaró oficialmente que la bestia había muerto y el caso de Gévaudan había sido resuelto, las muertes continuaron hasta el verano de 1765, cuando el cazador Jean Chastel abatió con balas de plata bendecidas al sanguinario monstruo.
* Texto: Gabriel Antonio Pombo.
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