El fantasmal asesino

Jack el Destripador golpeaba repentinamente, cual si de un perverso y fulmíneo ente emergido de la nada se tratase. Agredía a sus presas humanas y les infligía una muerte atroz, sin que aquellas pudiesen oponerle la menor resistencia. Nunca había testigos directos presentes durante los feroces ataques, o parecía no haberlos. Obraba con increíble eficacia haciendo alarde de una desconcertante sangre fría e, igualmente, de un completo desprecio hacia el peligro, como si estuviese convencido de que jamás iría a ser capturado. 
En algunos de sus asaltos letales, tal cual aconteciera en el homicidio de Catherine Eddowes, eliminó a la mujer en las adyacencias de una plaza alrededor de la cual un agente policial practicaba una ronda cada quince minutos. Aún así, le alcanzó el tiempo para diseccionar con certera meticulosidad al cadáver y extirparle órganos. 
¿Estaba acaso protegido por fuerzas sobrenaturales? ¿Era quizás un enviado diabólico? ¿Sus escalofriantes actos obedecían a un lúgubre ritual? 
El fantasmal asesino dominaba perfectamente la conformación de las calles y la localización de los albergues, pensiones y tabernas. En especial, conocía la manera de escapar una vez concluido cada avance letal. Estaba al tanto de todos los callejones y calles que terminaban sin salida, y sabía como huir desde un patio hacia otro.
 En la fatídica madrugada del 30 de septiembre de 1888 este implacable y fantasmagórico verdugo eliminó a dos infortunadas mujeres en la que dio en llamarse la «Noche del doble acontecimiento», pese a que la policía custodiaba fuertemente la región y cualquier equivocación, fallo u olvido, hubiera posibilitado aprehender al ofensor. Se volvió palmario, a partir de entonces, que el responsable conocía las rondas que efectuaban los agentes, y que había cronometrado la rutina de cada uno de ellos. 
También sabía dónde se emplazaba la fuente pública próxima a la calle Dorset en la que se lavó las manos después de masacrar a su segunda víctima en esa oportunidad. Acreditó dominar la configuración de aquellos sórdidos barrios de memoria. 
 Las despiadadas hazañas perpetradas por crueles psicópatas del siglo veinte y del siglo veintiuno, con su gran cantidad de víctimas, parecerían dejar muy empalidecido al mutilador victoriano con sus “apenas” cinco homicidios reconocidos. No obstante, el ultimador británico mantiene un sitial señero en los anales de la criminología y dentro del inconsciente colectivo de los pueblos. La desconcertante compulsión que lo determinaba a matar sin un motivo aparente se ha visto replicada en muchos homicidas en serie surgidos en tiempos más modernos.
 Jack the Ripper se ha erigido por lo tanto, sin vacilación alguna, en el genuino precursor de esos monstruos cuyo historial delictivo ha ensangrentado a la crónica negra más reciente. Su inquietante sombra se sigue proyectando y el eco macabro del fantasmal asesino aún no se ha extinguido. 
 Cabe tener presente que la escabrosa celebridad adquirida por el asesino serial Jack el Destripador se construyó a lo largo de un lapso inferior a las diez semanas. De hecho, desde el 31 de agosto de 1888 —óbito de la primera víctima canónica— pasando por la llamada “Noche del doble acontecimiento” y a lo largo de aquel octubre, donde sus matanzas representaron noticia de portada en los rotativos británicos, se consolidaría su reinado de terror. A partir de la fatal madrugada del 30 de septiembre de ese truculento año la prensa y el público se enterarían del alias que se había puesto a sí mismo el criminal. Y aún cuando al presente existan pertinaces recelos de que el inquietante seudónimo se lo atribuyeron periodistas sedientos por vender noticias, lo cierto fue que en todo el orbe se llegó a identificar por medio de aquel pegadizo apodo a ese homicida sin parangón. Esas escasas semanas fueron suficientes para que el mundo contara con un nuevo ícono del miedo. Y, tras transcurrir un mes de octubre bajo una tensa calma precursora de tempestad, el pánico escalaría hasta sus cotas más elevadas. El nueve de noviembre de 1888 el desmembrador concretó la más espeluznante de sus malévolas hazañas cuando en el amanecer de ese día destrozó a Marie Jeannette Kelly, en el interior del lóbrego cuartucho que aquella atrayente cortesana rentaba en la pensión de Miller’s Court. Luego saldría para siempre de escena, esfumándose tan abruptamente cuán repentina había devenido su irrupción. Dejaría detrás de sí la sangrienta estela de un puñado de hechos acreditados y las semillas de una persistente leyenda que, de tanto prolongarse al cabo de los años venideros, pareciera no alcanzar nunca su fin.  
* Texto de Gabriel Antonio Pombo.
 
Entrevista a Gabriel Antonio Pombo desde el minuto 8 del programa "La sombra del destripador" en "La última realidad" -Podcast-.

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