Los vampiros del panteón
El chillido del murciélago volando sobre sus cabezas los tomó por sorpresa, y los tres caballeros victorianos se pusieron de súbito en guardia, mientras atravesaban el desolado cementerio. Al fondo, una abandonada iglesia de agudas cúpulas confería un toque siniestro al nuboso cielo iluminado por una enorme luna llena.
El frío imperaba entre las brumas nocturnas y se hacía sentir calando sus huesos. Lucían prolijas camisas, corbatas y trajes con chalecos, cubiertos por largos abrigos que los protegían de la helada nocturna. Sendos sombreros hundidos hasta la frente completaban su sobrio atuendo.
Tras dar muchas vueltas, los exploradores localizaron la grieta que conducía al panteón. Con cautela, y disimulando su miedo, penetraron rumbo al vasto interior descendiendo por los escalones de piedra.
En el neblinoso recinto se palpaba una vetusta sordidez. Desde las derruidas columnas flanqueando el pórtico, hasta las rotas y descabezadas estatuas de mármol esparcidas en el suelo polvoriento, todo olía a vejez y muerte. Carecía de ventanas ese antro claustrofóbico, y por las escasas rendijas el viento gemía ululante.
El dato que los había guiado hasta el macabro panteón parecía inverosímil. Pero los detectives estaban resueltos a terminar con esa pesadilla a cómo diese lugar. Por eso el inspector Johnson, líder de la pequeña comitiva, portaba esa puntiaguda estaca en su bolso. La incursión nocturna del terceto policial era clandestina. Si sus superiores hubieran tenido conocimiento de la misma los habrían arrestado o, peor aún, habrían ordenado su reclusión en un manicomio. Pero los tres policías estaban frustrados, tanto como para creer en la versión de que ese depravado criminal no era humano, sino un engendro de las tinieblas: un vampiro.
Desde semanas atrás, las orillas del río Támesis se tiñeron de sangre, y el terror se había convertido en amo y señor. Mujeres, hombres e incluso niños, conformaban las patéticas víctimas del letal homicida. Y ellos, los encargados de salvaguardar a la población británica, llegaban siempre tarde, sólo para recoger los cuerpos. Esos cadáveres exangües con dos profundos orificios en sus cuellos perforados.
Avanzaron por aquel ambiente que a cada tramo se tornaba más tenebroso. Con la mano zurda aferraban la linterna y en la diestra empuñaban el revólver, prestos para repeler cualquier agresión. Pero nadie los atacó, el silencio respiraba en las sombras.
Al final detectaron un pasaje que daba hacia la única habitación existente. Si el sarcófago se hallaba en algún sitio, únicamente allí podría estar.
Johnson hizo girar el pomo de la puerta, y supo que no sería preciso usar la fuerza para ingresar. Mediante un empellón aquella se abrió de par en par, emitiendo un chirrido.
El detective jefe iluminó la penumbra con su linterna y entró muy decidido, seguido por sus subalternos. Decenas de telarañas tapaban los rincones y la humedad se filtraba por las agrietadas paredes. No encontraron un elegante sarcófago, sino un burdo cajón fúnebre, abierto y con la tapa echada a su lado.
Se acercaron y lo vieron. Yacía rígido, con los ojos cerrados dentro del ataúd. Ese cuerpo vestía con andrajos y olía muy mal. Tenía que estar muerto, o al menos así lo parecía, pues ellos nunca habían visto a un sujeto con la piel tan demacrada. Los policías se miraron en silencio. Aún no se creían que ese finado fuera el tan buscado homicida.
¿La información habría sido falsa acaso? ¿Les habrían tomado el pelo? No sería la primera vez que una carta anónima contuviese una pista errada, ya fuera por ignorancia o por mala fe de su emisor. Pero no podían haber ido hasta allí en vano en esa noche gélida. No podían estar inútilmente en las entrañas de ese paraje abominable, con sus estómagos revueltos, sus corazones palpitando al máximo y sintiendo pavor, aunque fingieran coraje.
Johnson colocó la punta de la estaca sobre el tórax inerme del difunto. De un muerto, sin duda, tenía que tratarse, porque estaba claro que ese tipo no respiraba desde hacía mucho tiempo. Es más, de hecho se empezaba a descomponer, la fetidez que exhalaba les afectaba el olfato. El inspector levantó su brazo para descargar la masa contra la base del palo aguzado, para traspasar el pecho de aquel ser maldito. La madera se insertó profundamente tajeando la desgastada piel y quebrando los frágiles huesos al atravesar el cuerpo reseco, hasta clavarse en la columna vertebral.
Los policías suspiraron de alivio; nada anormal había sucedido.
Pero entonces sobre sus cabezas oyeron alaridos y, seguidamente, el estrépito de dos cuerpos desplomándose desde el techo. Las siluetas femeninas impactaron contra el piso y, sin mostrar daño alguno, se incorporaron. Sin ser advertidas, habían estado prendidas como lapas a la techumbre. Esas dos mujeres casi desnudas rezumaban sensualidad. Con ojos atónitos los detectives las observaron aproximarse.
No se mostraban violentas, sino que parecían ofrecerse sexualmente. Sus senos voluptuosos rebasaban los escotes, sus piernas lucían atractivas bajo las estrechas faldas, y sus rostros, aunque pálidos, eran hermosos; excepto por los filosos caninos sobresaliendo de sus rojos labios.
Al quedar frente a los dos subordinados, de súbito se volvió evidente que sus intenciones no eran eróticas. Saltaron con agilidad felina sobre los hombres tratando de morder sus cuellos, generando un grotesco forcejeo.
Johnson desenfundó su pistola, pero temía disparar contra las arpías, pues en el fragor de la lucha podía errar los tiros y terminar matando a sus ayudantes.
En ese momento entraron otros dos sujetos. Vestían ropa negra de fina calidad y aparentaban ser perfectos caballeros ingleses, si no fuese por sus aguzados colmillos, y por el destello amarillo de sus pupilas. El jefe de los policías comprendió que les habían tendido una trampa. La información aportada resultó falsa: ellos eran la presa.
Esa noche los vampiros no se molestaron en salir de cacería. Las víctimas, inocentemente, acudieron a su guarida.
Johnson oyó los desgarradores gritos de sus compañeros que sucumbían ante la superior fuerza desplegada por sus agresoras. Logró disparar su arma contra uno de los vampiros, que cayó tras el impacto, solo para levantarse de inmediato. Apuntó hacia el otro y volvió a disparar. La bala pegó en el pecho y lo arrojó violentamente al suelo, pero también éste se incorporó enseguida, sin exhibir ni un rasguño.
La mente del detective buscaba febrilmente encontrar una salvación. La estaca, pensó. De esa forma era que morían los vampiros, según le habían dicho. Debía arrancar la estaca al cadáver y enterrarla en el corazón de uno de ellos, después haría lo mismo con el otro...
No tuvo tiempo, desde atrás los colmillos de una vampiresa le perforaron el cuello.
El revólver resbaló de su mano y él cayó de rodillas atontado. Su sangre escapaba frenética desde la vena cortada. Luego todo se nubló.
La mujer vampiro que atacó a Johnson ya tenía su comida nocturna. Los caballeros vampiros fueron hacia los cadáveres de los dos policías auxiliares, y palparon sus cuellos buscando la vena donde morder. También tenían segura su cena. La vampira restante miró con fastidio a sus compañeros tenebrosos. Se le había abierto el apetito, pero sabía que los otros no le compartirían su alimento. Se dirigió a otro habitáculo, donde extrajo de un arcón su elegante vestido negro de amplia falda. Lo ajustó a su cintura al tiempo que observaba en el espejo su rostro perfecto, enmarcado en su larga cabellera azabache.
Satisfecha, comprobó que lucía muy hermosa y sensual. Sonrió al recordar el mito popular de que los vampiros no reflejaban su imagen en los espejos.
—Una tonta superchería— se dijo.
Dejó atrás el inmenso panteón subiendo la escalera de piedra que conducía al pórtico rematado por un farol. Un par de cuervos graznaron a su paso. Una vez fuera, atravesó la arboleda iluminada por la luna llena. Debía ir hacia las brumosas calles del este de Londres. Allí poco le costaría cazar a la presa masculina que la confundiría con una prostituta.
Al rato los cuervos vieron a su amiga regresar entre las lápidas bajo el tupido ramaje del cementerio, y volaron a posarse sobre sus hombros. El rostro de ella ya no parecía bello. Estaba lívido, con la mirada hundida tras profundas ojeras, y un hilillo de sangre escurría de sus labios.
*Texto de Gabriel Antonio Pombo.


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