Pesadilla en el castillo
Después de recorrer varias de las habitaciones del castillo encontré otra puerta semi oculta. Haciendo un gran esfuerzo logré abrirla y accedí a un pasillo ruinoso. A través de unas troneras en la pared divisé una escalera, a la cual llegué luego de introducirme con dificultad por uno de aquellos huecos.
Tras subir los peldaños arribé a una sala que se hallaba en neblinas.
Una vez que las brumas se esfumaron, alcancé a ver una larga mesa, y sobre ella un gran mantel extendido donde reposaban platos con sobras de comida. Una hilera de velas iluminaban tenuemente aquel antro. Lo peor vino después cuando, al terminar de disiparse las sombras, advertí que los comensales sentados en torno no eran sino cadáveres de descarnadas cabezas. Invadido por el espanto retrocedí buscando alejarme de esa horrible visión.
Descendí la escalera lo más rápido que mis piernas me permitían y retorné al pasillo, acosado por el olor pestilente que esos muertos exhalaban. No ubiqué la tronera que conectaba con la habitación que conducía a mi dormitorio. Mi intención consistía en encerrarme y aguardar el regreso del conde; rogando que no se percatase de que anduve hurgando por el castillo, violando su estricta prohibición. Pero de repente noté que había alguien detrás de mí, oculto en las escaleras.
No oí nada, ni tampoco lo vi, pero intuí aquella presencia siniestra, y un escalofrío recorrió mi espina dorsal. Me puse de lado, con la espalda contra el muro y un pie sobre el último escalón. Entonces fui atacado. Un extraño ser que no pude determinar si era humano o una bestia, me embistió ferozmente por delante. Me defendí con desesperación mientras esa cosa maligna apretaba uno de mis hombros, y comenzaba poco a poco a estrangularme.
Sentí unas fauces abiertas rozando mi oreja, mi mejilla y mi boca, y unos labios gruesos que lanzaban sobre mí su aliento repugnante. Una pierna, o algo semejante, se enroscó alrededor de mi pie derecho intentando derribarme, pero por fortuna yo tenía ambas manos libres y logré aferrarme a la baranda de la escalera. Aunque no conseguí extraer mi revolver sujeté los fornidos brazos que me estrujaban, y noté lo velludos que eran.
Sin duda mi agresor era un animal, aunque andaba erguido como un hombre. Forcejeé con todas mis energías sin lograr zafarme hasta percibir que me arañaban el cuello, y que unos colmillos trataban de morderme la garganta. Recurriendo a mis últimas fuerzas, aferré la cabeza de aquel monstruo con ambas manos. De súbito, él me soltó y me empujó; tuve la sensación de despeñarme al vacío durante mucho tiempo. Al despertar yacía en el suelo delante de una puerta estrecha, y detrás podía ver la escalera. Para mi suerte, tras caer había aterrizado contra una zona blanda cubierta de suciedad; salvando así la vida, y sin resultar muy herido.
Me puse en pie dolorido y magullado, pero sintiendo el enorme alivio de haber dejado atrás esa terrible pesadilla. Sin embargo mis penurias en ese castillo maldito recién comenzaban. Llegué como pude hasta mi habitación y caí rendido por el cansancio sobre el lecho. En mi ensoñación creí que una hermosa mujer se arrimaba hacia mi cama y tiraba de mí hacia hacia ella. Me susurraba palabras cargadas de dulzura; me besó y me pidió con cariño que me quitase el crucifijo del cuello. Mis manos se alzaron para hacer lo que me pedía, pero en el último momento logré controlarme. No estoy seguro de cuánto tiempo había transcurrido, cuando de repente oí la voz del conde hablando con desprecio.
— ¡Lárgate de aquí! Tu esfuerzo es en vano. Aún no ha llegado el momento. Espera unos días. Cuando yo ya no lo necesite, podrás tenerlo para ti, y entonces...
Me levanté del sillón donde me había quedado adormilado. Haciendo un gran esfuerzo, casi arrastrándome, llegué hasta la ventana de la sala y miré hacia el balcón. Bajo la luz de una enorme luna llena creí verlos. El conde estaba rejuvenecido y la tomaba por la cintura en gesto posesivo. Luego ella entregaba su cuello y el joven conde la mordía allí, pero era claro que no se trataba de un ataque, sino de un juego erótico, en vista de la expresión de placer que la bella mujer experimentaba.
Acto seguido la niebla inundaba todo y ya no podía verlos. Sentí un revoloteo y un chillido provenir desde donde antes viera al conde y a la hermosa mujer. Al disiparse las brumas advertí que un murciélago enorme venía desde el exterior hacia mí. El animal volador se detuvo en el alféizar y replegó sus alas. Su pequeña cabeza de puntiagudas orejas era espantosa, parecía humana, sus ojos brillaron malévolos y abrió el hocico dejando a la vista sus colmillos.
Lo más increible es que el hombre murciélago comenzó a transformarse hasta volverse enorme. Desde mi mirador alcancé a observar que abajo, en las calles aledañas al castillo, transitaba un hombre mal entrazado, sin duda un mendigo. El engendro vampírico planeó sobre el pordiosero, que solo logró advertir la amenaza cuando el monstruo le cayó encima, atacándolo por el cuello. El hombre agredido apenas pudo gritar, mientras la fiera voladora le desgarraba la garganta.
Aterrado, tras ser testigo del brutal crimen, me aparté de la ventana para no ser descubierto. Seguidamente oí una risotada extraña y estridente, como el sonido de una campana de cristal. Era la voz de ella. Aún me estremezco al recordarla, no era una voz humana en absoluto. Poco después escuché que el conde decía:
— Buenas tardes, amigo mío. Veo que se quedó dormido mientras realizaba su tarea.
Abrí los ojos y le vi al otro lado de la mesa, frente a mí y dirigiéndome una mirada punzante. Me sentía cansado y débil, y cuando me dijo que me fuera a la cama le obedecí sin rechistar. Al pensar en ello, me resulta difícil discernir si había estado soñando o había estado despierto. Si era un sueño, tal vez se tratara de un presentimiento, pero no creo que fuera un sueño, ni siquiera una pesadilla.
Al fin comprendía, mi estancia en aquel viejo castillo no era para negociar con el conde la futura compra de unas propiedades en el exterior. El conde en realidad era un ser malvado, con poderes sobre naturales, que reinaba sobre una corte de monstruos; y aquel horrible murciélago con forma humana era una de las apariencias que adoptaba. Tenía que escapar de esa trampa a cómo diera lugar.
* Texto de Gabriel Antonio Pombo.
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