Papá Doc y el Barón Samedi

 

Cuando John Fitgerald Kennedy, el carismático presidente de los Estados Unidos resultó asesinado, la congoja y la tristeza inundaron a la gran nación del Norte. Sin embargo, muy distintos fueron los sentimientos del jefe supremo del pequeño país de Haití, Francois Duvalier, apodado "Papá Doc". La noticia lo llenó de alegría, pues estaba persuadido de haber sido el verdadero causante de aquella muerte.

 Papá Doc era un médico que ayudaba a sus coterráneos pobres. Su buena fama le permitió escalar en la política local hasta ocupar el cargo de Secretario de Salud Pública. Años más tarde accedió a la presidencia y, una vez establecido en el poder, se erigió en dictador. 
Acabó con rivales y disidentes, encarcelando y eliminando a todo el que se le hiciera sombra. A tal fin organizó a una banda de criminales motejados los "Tonton Macoutes"; fuerza paramilitar que usó contra sus opositores. 
El mandamás haitiano afirmaba encarnar al Barón Samedi, una deidad de la vida y la muerte. Imbuido en su rol de sacerdote del vudú, Francois Duvalier siempre vestía de traje, corbata y sombrero negros, y portaba gruesas gafas. En ocasiones, tapaba sus fosas nasales con algodones simulando ser un cadáver, tal como era el Barón Samedi. 
Meses antes del magnicidio del 22 de noviembre de 1963, Papá Doc había contactado a la diplomacia de los Estados Unidos ofreciendo a Haití como un bastión contra el comunismo cubano. A cambio reclamó dinero para obras públicas que incluían construir carreteras, hospitales, un aeropuerto y otros servicios esenciales. 
Al principio el gobierno norteamericano parecía interesado con la propuesta, por lo que el tirano se vanaglorió alardeando sobre ese inminente acuerdo en entrevistas de prensa y discursos públicos. Empero, la ayuda nunca llegaría; y no sólo eso, sino que por encargo de Kennedy la CIA conspiró asistiendo a los adversarios al régimen. Enterado de la felonía, Duvalier hirvió en cólera. El 10 de noviembre se presentó ante sus fieles luciendo su atavío sacerdotal, realizó sacrificios e invocó a los poderes oscuros. Al cabo del ritual proclamó que el presidente fallecería diez días después y, aunque su violento deceso se produjo dos días más tarde de la fecha indicada, el gran brujo de Haití se atribuyó el "mérito" de haber provocado el magnicidio. 
Para la religión haitiana del vudú el Barón Samedi constituye un espíritu del inframundo dotado de un enorme poder, pues tanto puede crear vida como quitarla. Cuando desciende al plano terrenal habita en los cementerios y en otros sitios ocultos, desde donde proyecta su dominio sobre los pobladores de la tierra. Habla con voz profunda y nasal, y suele mostrarse con un rostro pálido de facciones cadavéricas, o directamente portando una calavera en lugar de una cara masculina. 
Dentro de sus dotes posee la de hacer sanar las heridas y las enfermedades que afectan a los humanos. Hasta las heridas más graves y letales son curadas por este ser conocido como el "Amo de los Muertos", si decide intervenir en favor de sus súbditos terrenales para evitar que fallezcan antes de estar preparados. 
Sus poderes devienen muy grandes en casos de maldiciones vudú y de magia negra. Aun si uno de sus seguidores resulta objeto de un hechizo que lo enferma al extremo de dejarlo en coma, el sujeto no expirará si el Barón Samedi se empeña en mantenerlo con vida. Sólo él tiene la potestad de autorizar el pasaje de un ser viviente al reino del inframundo. Mientras este poderoso espíritu los mantenga a salvo de enemigos y desgracias, sus acólitos estarán seguros. Pero para obtener la protección del Amo de los Muertos el vasallo deberá pagarle un precio, y lo que esta deidad maligna requiere a cambio depende de su humor. 
A diferencia del Diablo de la simbología cristiana, no exige el alma del solicitante; pero sí le reclama su respeto y sumisión en los actos terrenales. A veces se da por satisfecho con que sus servidores vistan ropas oscuras, blancas o púrpuras o usen objetos sagrados. También puede limitarse a pedir una inofensiva ofrenda como, por ejemplo, cigarros, ron, café, cacahuetes tostados o pan. No obstante hay ocasiones en las cuales ordena que se lleve a cabo una ceremonia vudú. En el transcurso de ésta el peticionante deberá entregarse por completo y, aunque conserve a salvo la existencia, su espíritu cruzará hasta la tenebrosa región del más allá que deviene gobernada por el Barón Samedi. 
Otra de sus dotes consiste en evitar que un cadáver se corrompa tras ser enterrado. De ese modo lo protege y consigue que el alma de su siervo no regrese al mundo de los vivientes transformado en un zombi sin cerebro y sediento de sangre. 
El Amo de los Muertos tiene costumbres libertinas: consume café, vodka o ginebra, y otros alcoholes potentes, y le gusta fumar cigarrillos fuertes. Su apetito es fenomenal, y entre sus platos predilectos se cuentan las carnes asadas de cabras y gallos. Aunque usualmente viste con ropaje sombrío, al igual que su esposa, hay momentos en los que luce vestimenta más alegre, de color púrpura o blanca. 
Al presentarse ante los hombres puede adoptar la apariencia de un mendigo harapiento. Sin embargo ello no es lo más habitual, pues usualmente es visto portando ropa formal, y su vestuario incluye un sombrero de copa, un frac negro y un largo bastón con mango de calavera. Aunque su atuendo serio y sobrio haga creer lo contrario, se trata de un mero disfraz, pues su esencia verdadera es la de un individuo carente de moral, embaucador, pervertido, lascivo y escandaloso. El Amo de los Muertos reside en el reino invisible de los espíritus vudú y es el líder de los "Guedé", espectros menores encargados de transportar allí a los fallecidos. 
Está casado con el potente espíritu femenino de "Maman Brigitte", aunque cuando se aburre de su esposa suele encapricharse con mujeres humanas, a las cuales persigue y seduce mediante hechizos, hasta lograr poseerlas y cohabitar con ellas. Es adicto a fumar y a las bebidas alcohólicas, y resulta raro verlo sin un cigarro en sus labios o un vaso de ron entre sus dedos huesudos. 
Este Amo de los Muertos domina el espacio en el cual se entrecruza el mundo de los vivos con el de los difuntos. Cuando una persona fallece acude a su tumba y, junto con sus sirvientes fantasmales, conduce el alma del muerto a través del plano espectral hasta el inframundo. 
*Texto de Gabriel Antonio Pombo.


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