La noche del Destripador

—¡Maldito apagón!—, se dijo contrariado. Esperaba que la ausencia de luz no perjudicara el trabajo en las tabernas. Allí era donde solía ir a beber una copas, y desde las barras de esos antros escudriñaba a las prostitutas. Cuando las mujeres se marchaban con algún cliente las acechaba sigilosamente, y aguardaba a que el ocasional compañero de aquellas se retirase. Instantes después, por sorpresa, sin darles tiempo a oponer la menor resistencia, se abalanzaba sobre ellas y les cercenaba la garganta. 
Esta noche no sería la excepción- pensó, y una cruel sonrisa se dibujó en su rostro. Apuró el ritmo de sus pasos enfilando hacia su taberna favorita, mientras una farola alumbraba tenuemente a su espalda, en medio de la penumbra. Pero antes de arribar a su destino percibió una sombra que le venía de frente entre la niebla. Aguzó la mirada. Para su sorpresa, esa menuda figura se dirigía hacia él.
 —Hola, guapo, ¿quieres pasar un buen rato? 
—¡Una ramera!— exclamó para sus adentros Jack. Debía de ser nueva por esos lares o tener mala vista si no lo había reconocido. A punto de contestar, vio como la mujer se detenía de golpe y se llevaba las manos a la boca, ahogando un grito. Lo había reconocido. Y es que al aproximarse la veterana prostituta logró verle con claridad la cara, y algo en su interior le dio la voz de alarma. Supo que este no era un cliente más, por muy bien vestido que estuviese. Llevaba años ejerciendo en el oficio, y había desarrollado su intuición, sabía olfatear el peligro. Y de aquel elegante individuo emanaba una aura siniestra Debía alejarse rápido. 
Dio media vuelta para volver sobre sus pasos y escapar presurosa. Sin embargo, él fue más veloz. Estaban en plena calle, a oscuras, ni un alma por los alrededores. Lo aprovecharía. La agarró desde atrás y, con frenética violencia, la derribó. Ahora ambos forcejeaban sobre los adoquines húmedos. El cazador montado a horcajadas sobre la espalda de su presa, y esta revolviéndose con desespero, tratando en vano de quitarse de encima el fornido corpachón de su atacante. Sintió una mano cerrarse como un cepo en torno a su cuello, mientras el peso de aquel desquiciado la inmovilizaba. 
Esos dedos apretaban más y más, todo se nublaba. Tumbada e inerme advirtió un chisporroteo. El leve resplandor provenía desde el filo del cuchillo que él empuñaba con su otra mano. 
El acero cortante del arma cayó cual un rayo seccionando la garganta. La víctima ya no volvería a gritar. Rasgó una vez, y otra vez. La sangre borboteó escurriéndose entre los adoquines desparejos de la calle. 
El asesino solo tardó unos instantes. Su oído le había alertado del sonido de unos pies que se acercaban El policía que efectuaba su ronda habitual, seguramente. En esta ocasión Jack el Destripador no evisceraría al cadáver, no extraería órganos para llevarlos como recuerdo. Se levantó, acomodó sus finas ropas y recogió el sombrero caído durante la refriega. Raudamente, pero sin correr, se fue alejando del cuerpo exánime de su flamante presa. 
 * Texto de Gabriel Antonio Pombo.



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