El cocinero del terror
Fritz Haarmann no era un buen cocinero pero se esforzaba. Sus clientes tenían dudas sobre la procedencia de la carne asada que les vendía, pero tras la Primera Guerra Mundial Alemania atravesaba una crisis muy grave, y aquel cocinero vendía barato.
Su fortuna pareció de dejar de sonreírle cuando una de sus clientas lo denunció ante las autoridades llevando la mercadería que le había vendido. Sin embargo los policías desestimaron el reclamo, e incluso se burlaron de la anciana por confundir ese trozo de cerdo que lucía de tan delicioso con carne humana.
Este siniestro cocinero había nacido el 25 de octubre de 1879 en Hanover, Alemania. Fue un joven vago y díscolo, cuya rebeldía su estricto padre trató de dominar enviándolo a una academia militar. Su reeducación estaba destinada al fracaso, pues pronto se le daría de baja, al advertirse la notoria inutilidad del recluta. Vuelto a la vida civil comenzó a delinquir cometiendo desde pequeños hurtos a abuso infantil.
Entre 1900 y 1903 pareció que iría a reformarse, durante su estadía en el regimiento de Jäguer, donde observó una conducta decorosa.
Sin embargo, luego de abandonar la milicia retornó a sus malos hábitos, y años más tarde, en 1914, una sentencia por robo violento le valió la prisión hasta 1918.
Una vez fuera de la cárcel el delincuente vulgar se transformó en un prolífico criminal. Friedel Rothe, de dieciocho años, constituyó su primera víctima. Aunque se lo consideró sospechoso de causar su desaparición, y la policía revisó su alojamiento, los guardias fueron incapaces de hallar la cabeza del muchacho que, embalada con papel de diario, el dueño de casa había ocultado detrás de la cocina.
En septiembre de 1919 Haartman dejó de matar en solitario. Encontró en el joven Hans Grans, además de un amante, a un cómplice tan desquiciado como él, y juntos se sumergieron en una vertiginosa orgía de sangre.
A la habitación que los socios rentaban ingresaron decenas de chicos pobres captados en la estación de trenes, seducidos por las promesas de comida, cigarrillos o una cama para no dormir a la intemperie. Ninguno salió con vida. Estos desamparados eran su presa natural, y sus cuerpos troceados se hervían, asaban o freían para ser comercializados en la cocina ambulante de este sádico ejecutor, al cual la prensa tildó con los motes de “El Ogro de Hanover” y "El Cocinero del Terror".
El 22 de junio de 1924 se produjo el arresto de Hartmann, aunque aún no lo acusaban de homicidio alguno, sino de agresión sexual contra un adolescente. Durante su reclusión, por mera rutina la policía registró su apartamento. Allí los agentes descubrieron cráneos humanos y otras partes inservibles para el consumo, que el asesino no había tenido tiempo de desechar en el río.
El terrible cocinero vendedor de carne humana confesó su culpa, e involucró a Grans.
El juicio penal contra el perverso dúo adquirió ribetes espectaculares para la Alemania de la época, y se acreditaron veintisiete homicidios con profanación de los cadáveres, aunque probablemente la cifra real exceda a las cuarenta víctimas.
Su defensa legal adujo que era inimputable a causa de demencia, pero el tribunal rechazó tal aspiración y lo condenó a muerte. Días previos a ser decapitado, el 20 de diciembre de 1924, el Ogro de Hanover escribió una confesión plagada de detalles repugnantes. La justicia germana se mostró más benigna para con Hans Grans, quien tras veinticuatro años de encierro recuperó su libertad.
* Texto de Gabriel Antonio Pombo.
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