Payaso entre las sombras
El asesino se maquillaba frente al espejo de su baño. Una vez más su rostro se convertiría en el de un payaso. Pero no en la gentil apariencia de "Pogo", su alter ego que divertía a los niños enfermos, cuando fingía ser un comerciante altruista.
La pintura con que se embadurnaba era la misma: blanca para la faz, roja para los labios y la nariz, negra para tupir sus cejas y producir las hondas ojeras. Sonrió a su imagen reflejada en el cristal. Sus dientes y muelas ahora parecían dos filas de cortos colmillos; su mirada amable y sosegada había desaparecido, y en su lugar dos ojos enajenados brillaban malévolos.
Los gritos ahogados provenientes de la sala de estar acentuaban su insano deleite, mientras daba los toques finales a su máscara. Gozaba anticipando el terror que sentiría aquel tonto cuando lo viera así. Por más que se retorciera no se libraría de las esposas que ingenuamente dejó que él le cerrara en las muñecas, ni escaparía de la silla en la cual estaba amarrado. Tampoco podría pedir auxilio, pues una gruesa cinta adhesiva sellaba su boca.
Ese chico recogido haciendo auto stop era el más idiota que había conocido en sus cacerías nocturnas, pensó. Aunque parecía normal debía tener una tara, se dijo el asesino disfrazado. Cayó muy fácil en la trampa luego de beber alcohol con narcóticos. Pero lo mejor fue cuando -durante "el juego de la verdad"- le confesó qué era a lo que más le temía. ¡Vaya casualidad! los payasos le aterraban; esos festivos guasones constituían el peor miedo oculto de aquel muchacho.
El criminal terminó de acicalarse. Era hora ya de salir del baño e ir hacia su prisionero. El verdadero juego mortal iba a comenzar.
Pero el hombre disfrazado de arlequín, que acechaba a sus víctimas desde las sombras, no siempre fue un monstruo. De hecho, en su vida social se lo respetaba por su éxito financiero y sus obras de caridad. El sicópata que se aprestaba a perpetrar otro de sus crímenes se llamaba John Wayne Gacy, y se destacaba como hombre de negocios integrante de organizaciones de apoyo social.
Nada hacía suponer que aquel ciudadano honesto, agradable, ejemplar, de baja estatura y regordete, que entretenía a los niños huérfanos u hospitalizados disfrazándose de payaso -personaje que designó con el sobrenombre de "Pogo"- tenía un costado pavoroso, al extremo tal que sería hallado penalmente responsable de consumar los salvajes homicidios de treinta y tres jóvenes.
Se había casado en 1964, pero su esposa promovió el divorcio cuando fue a la cárcel por sodomizar a un empleado. Luego de dieciocho meses preso quedó en libertad condicional aparentemente recuperado, dando muestras de buen comportamiento, y retornó a Chicago donde contrajo segundas nupcias manteniendo ocultas sus perversiones.
En realidad su doble vida se le volvió cada vez más irrefrenable y salía a cazar jóvenes por las zonas de encuentros, tanto en las calles como en bares nocturnos. También abordaba con proposiciones deshonestas a sus propios empleados -había montado una próspera empresa constructora-. Atraía a sus compañeros de juegos mediante promesas de suministrarles alcohol, trabajo o drogas y, de esa manera, conseguía llevarlos al interior de su negocio.
Una vez allí buscaba la forma de reducirlos, y solía engañarlos fingiendo que les enseñaría trucos de magia para liberarse de grilletes y esposas. Cuando cerraba esos artefactos metálicos en torno a las muñecas de sus desprevenidos compañeros se prevalecía de su estado de indefensión y procedía a violarlos y a torturarlos sádicamente. En ocasiones se camuflaba como un bufón y les recitaba pasajes bíblicos mientras los mantenía amarrados. Finalmente, asesinaba a los cautivos a través de estrangulamiento, utilizando sus manos, trapos o corbatas.
La ola de crímenes culminó el 12 de diciembre de 1978 cuando la policía lo investigó a causa de la desaparición del adolescente Robert Piest. Mediante una orden judicial se allanó su residencia y se requisaron artículos vinculados con otras desapariciones de jóvenes homosexuales.
El 22 de diciembre de ese año confesó sus homicidios. Declaró que su asesinato inicial databa de 1972 y aceptó haber dado muerte a treinta y tres chicos señalando la ubicación en donde yacían veintiocho de los cadáveres. Rastrearon su propiedad y bajo los tablones del piso encontraron esos restos humanos. La otras cinco víctimas las habría arrojado al río Des Plaines.
Al cabo de su proceso lo hallaron culpable y se le impuso la pena capital. Su ejecución se llevó a efecto el 10 de mayo de 1994 en la penitenciaría de Stateville, en Crest Hill, Illinois, a través de una inyección mortal. No expresó remordimiento por sus tenebrosas fechorías y se supo que, como palabras postreras, le espetó a los guardias que lo conducían rumbo a la sala de ejecución: "¡Bésenme el trasero!. Nunca encontrarán a los demás".
Una numerosa multitud se agolpó en las afueras del edificio carcelario dando cima a un espectáculo desagradable. Los concurrentes dieron vítores cuando supieron que la sentencia se había cumplido. No faltaron los vendedores callejeros que aprovecharon la sórdida ocasión para vender camisetas impresas con el rostro del reo ejecutado, e incluso toscas reproducciones de sus cuadros.
En el curso de su prolongada estadía en la cárcel John Wayne Gacy se manifestó como un artista en ciernes. Era un pintor aceptable y resaltaban sus óleos con motivos circenses; en especial, figuras de arlequines. Estos lo obsesionaban y le valieron el innoble mote criminal de "Payaso Asesino".
* Texto de Gabriel Antonio Pombo.

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