El pequeño monstruo

 

Cayetano Santos Godino nació el 31 de octubre de 1896 en Buenos Aires, capital de Argentina, fruto del matrimonio de dos humildes inmigrantes calabrases: Fiore Godino y Lucía Ruffo. Tenía siete hermanos: Josefa, Julia, Rosa, Margarita, Antonio, Bambina y José. Su progenitor, quien laboraba de farolero, era alcohólico y castigaba a su esposa e hijos. Para peor, había contraído sífilis años antes de nacer el futuro infanticida, padecimiento que contribuyó a la debilidad física y psíquica que signó a la criatura. 

Otros rasgos representativos del muchacho los constituirían su muy escasa estatura y dos prominentes apéndices auditivos que le valdrían los apodos de "El Oreja" o "El Petiso Orejudo", alias este último destinado a ser notoriamente recordado en las más negras páginas del delito. 
Durante su niñez estuvo varias veces al borde de la muerte por causa de diversas enfermedades; en especial, debido a un agudo cuadro de enteritis. No fue el único hijo de aquella pareja de italianos pobres que sufriría graves afecciones. Su hermano Antonio era epiléptico y, además, siguiendo el mal ejemplo de su padre, se convirtió en un bebedor irrecuperable. Más tarde se sumaría a Fiore en los castigos aplicados sobre su hermano menor. 
Entre sus cinco y diez años el ya por entonces muy peligroso chico asistió a diferentes escuelas de las cuales invariablemente terminaba siendo expulsado, en razón de su pésima conducta y de su temperamento intolerable. Raramente concurría a las clases y solía desperdiciar el tiempo vagando por su barrio. 
Su primer acometimiento criminal lo llevó a cabo con apenas ocho años el 28 de septiembre de 1904, cuando atacó a Miguel Paoli de veintiún meses. Ese día, aprovechando un descuido de la madre del infante, lo tomó de la mano y se dirigió con él hasta un baldío próximo a uno de los conventillos que tiempo atrás la familia Godino Ruffo había ocupado. Llegado a ese lugar golpeó con sus puños al chiquito y lo arrojó sobre un montón de basura y espinas que allí se acumulaban. Por fortuna, un vigilante de la comisaría local que recorría la zona se percató de lo que estaba ocurriendo, y frenó la agresión llevándose consigo a ambos menores hasta la estación de policía. 
Al año entrante Godino repitió su modo de operar y, tras tomar de la mano a una vecinita llamada Ana Neri, la condujo hasta un baldío sito en las calles Loria y San Carlos. Depositó a la niña en el suelo, y con una pesada piedra trató de aplastarle el cráneo. Un policía lo sorprendió y salvó a la criatura. Llevaron al ofensor a la comisaría, pero insólitamente lo dejaron libre esa misma noche. 
Cayetano tenía un socio con el cual cometía pequeños hurtos (Alfredo Tersi). Era su único amigo, lo cual no impidió que, en un arranque de ira, apalease bárbaramente al hermanito de su cómplice, golpeándolo en la cabeza con saña, ataque que estuvo a punto de costarle la existencia al herido. 
En marzo de 1906 (con menos de diez años) el chico captura en la esquina de las calles José María Moreno y Rivadavia a una niña de dieciocho meses y la encamina hacia un terreno baldío. Allí la asfixia hasta quitarle la vida. Luego sepulta el cadáver en una zanja y lo cubre con latas, escombros y basura. Este inicial asesinato no trascendió, y recién sería confesado por el matador luego de su arresto. 
Con diez años el infantil maníaco se lanza a una vertiginosa escalada de violencia. Sus padres no pueden con él, y se destaca por torturar animales y producir incendios. Hastiado por los continuos problemas que le trae su hijo, el farolero Fiore lo denuncia a las autoridades, y se lo recluye en un reformatorio en la Alcaldía Segunda División durante dos meses a partir del 5 de abril de 1906. 
Una vez salido del correccional, lejos de regenerarse, proseguirá con su sucesión de crímenes. El 9 de septiembre de 1908 secuestra en la puerta de su hogar a Severino Caló de veintidós meses. Lo conduce hacia una acequia de caballos donde sumerge al infante dentro de una tina procurando ahogarlo. Un empleado se percata de la dramática situación y alerta al dueño del corralón. Entre ambos hombres trabajosamente sacan del agua al niño y aprehenden al atacante, quien intentaba escapar. Detenido en la comisaría, al día siguiente lo devuelven a su madre. 
El 15 de septiembre de ese año quema al menor de veinte meses Julio Botte, aplicándole un cigarro encendido en uno de sus párpados. Logra huir, pero varios vecinos lo identifican y se vuelve conocida su peligrosidad. Se libra de tener que enfrentar a la justicia porque los progenitores de la víctima no lo denuncian. 
El 14 de diciembre el juez de turno ordena su encierro en la colonia para menores infractores de Marcos Paz, correccional donde permanecerá recluido a lo largo de tres años. Allí aprende a escribir toscamente y, asimismo, se adiestra en la práctica de nuevos delitos. Además, los castigos de que resulta objeto lo tornan más irrecuperable aún, y cuando recobra su libertad su sed de sangre está en apogeo. 
El 17 de enero de 1912 provoca un incendio en el corralón situado en las calles Corrientes y Pueyrredón. Oculto tras un árbol contempla la intensa labor de los bomberos y disfruta con el caos creado. 
El 26 de enero de 1912 tiene efecto el suceso policial que el periodismo de la época calificó "El crimen de la calle Pavón". Arturo Laurora de trece años fue la víctima, y su cadáver apareció dentro de una casa deshabitada emplazada en dicha calle. Cuando tiempo después se capturó a Cayetano se pensó que era culpable de ese homicidio, pues llegó a confesar la comisión del reato. No obstante, prevalece la teoría de que el desgraciado Laurora fue ejecutado por "La mano negra", organización delictiva dedicada al tráfico de mujeres y adolescentes.
 El posterior ataque del Petiso Orejudo devino el 7 de marzo de aquel año contra la niña Reyna Bonita Vainicoff de cinco años. El joven criminal lanzó fósforos encendidos sobre el inflamable vestido que lucía la pequeña, la que en breves segundos se convirtió en una tea ardiente. Fueron estériles los esfuerzos de un valiente vigilante que se arrojó encima de ella tratando de apagar el fuego con una manta. La desgracia se cebó ese día con la familia Vainicoff recayendo también sobre el abuelo de la nena. El anciano vio a lo lejos a su nieta envuelta por las llamas y cruzó la calzada corriendo sin mirar para socorrerla, al tiempo que un automóvil lo atropelló segándole la vida en el acto.
 El 8 de noviembre siguiente Godino rapta, mediante engaños, al menor Roberto Russo en la puerta de la casa de éste. En un baldío de la calle Quinto Bocayuba lo agrede cuando previamente lo había amarrado con cuerdas que portaba a tal fin. Fue sorprendido en su ataque y detenido, pero una vez más escapó impune. Luego de sólo sufrir cuatro días de arresto el magistrado dispuso su liberación el 12 de noviembre. El error judicial costaría caro a la sociedad. 
El 16 de noviembre el diabólico adolescente agredió a la niña Carmen Ghittoni, a quién había conducido hasta un baldío de las calles Chiclana y Funes. La cercana presencia de un policía salvo a la menor, y el ofensor huyó sin poder concretar su malvado objetivo. A fines de noviembre el delincuente prende fuego a dos galpones, pero los siniestros alcanzan escasa magnitud. Estos atentados frustrados configuran el preludio del más escalofriante de los asesinatos consumados por el infanticida. La víctima será Jesualdo Giordano.
 El 3 de diciembre de 1912 el psicópata observa al chiquito jugando en la puerta de su casa en Progreso 2585. Lo tienta prometiéndole entregarle caramelos, y logra que lo acompañe a hacer un "mandado". Conduce al infante al recodo que une a un muro con la ochava de un portón sito en Catamarca y calle 25 de noviembre de 1889. Tras extraer de sus ropas unas cuerdas lo ata e intenta estrangularlo. El niño se resiste con desesperación y, ante la resistencia, el agresor toma una pesada piedra y le aplasta el cráneo. Sale del cubículo y en el recorrido de regreso a su casa ve sobre la acera un gran clavo. Se hace del mismo y vuelve al lugar del crimen. Para asegurar la muerte de la víctima, usa a modo de martillo la piedra que había empleado para golpearlo, y le introduce el clavo en el cráneo. Un niño de nueve años de apellido Peluso y una niña de siete llamada Antonia de Rici informan a la policía que vieron a Gesualdo mientras era llevado por un chico de corta estatura y grandes orejas. 
Los policías ya saben de quien se trata, y en la madrugada del 4 de diciembre de 1912 lo aprehenden en el conventillo donde vive con sus padres. La noche anterior el pequeño monstruo había asistido al velatorio del niño Giordano, y se aproximó al féretro a fin de comprobar la marca dejada por el clavo en el cráneo del difunto.
 La justicia lo consideró en primera instancia como inimputable, aunque por razones de seguridad se lo mantuvo encerrado en el Hospicio de las Mercedes, donde perpetró varias agresiones graves contra menores allí internados. Un año más tarde, en la segunda instancia del proceso, el juez de alzada Dr. Ramos Mejía confirmó la sentencia de no imputabilidad legal. 
El juvenil infanticida había sido declarado irresponsable para el derecho penal y los informes médicos parecían avalar esa resolución. Pero el 12 de noviembre de 1915, cediendo ante el clamor e indignación de la prensa y el público, los tribunales reabrieron su causa. Se declaró finalmente que al momento de cometer sus crímenes era plenamente consciente y, a partir de tal revisión, fue condenado a confinamiento por tiempo indeterminado en una cárcel común, tal cual si fuera adulto. El 28 de marzo de 1923 lo trasladan a la prisión de Ushuaia en la gélida localidad sureña de Tierra del Fuego. Allí el preso será el habitante de la celda número 90. 
Desde 1935 hasta su fallecimiento el 15 de noviembre de 1944 estuvo enfermo afectado por numerosas dolencias. Resultó brutalmente apaleado en aquella prisión al menos dos veces. La leyenda cuenta que pereció de resultas de las lesiones originadas por una última paliza a manos de sus compañeros de cautiverio. Los reclusos trataron de lincharlo en venganza por haber torturado y dado muerte a dos gatitos que eran sus mascotas predilectas. Sin embargo, este rumor nunca fue ratificado. 
De acuerdo con el reporte del penal de Ushuaia, obrante en el archivo del servicio penitenciario, el reo expiró en el hospital carcelario a consecuencia de una hemorragia interna derivada de una úlcera gastrointestinal que lo aquejaba desde años atrás. Según otras versiones, murió de tuberculosis, o por complicaciones a raíz de una pulmonía. 
* Texto de Gabriel Antonio Pombo.

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