El depredador de cementerios
La oscura gabardina con capucha que vestía disimulaba su figura entre las brumas del atardecer. Aguardaba expectante, conteniendo su excitación y su temor a ser descubierto. En su enguantada mano diestra aferraba el gancho de hierro que usaría para forzar y abrir la tapa del panteón. El depredador comprendía que aún no era el momento propicio para actuar, que debía reprimir su urgencia y continuar al acecho.
Cuando los últimos dolientes se retiraron del cementerio él salió de su escondite oculto entre los árboles. Los vigilantes no advirtieron su presencia y cerraron el portón de hierro.
Al amparo de la noche exhibió su pericia con el gancho metálico y, tras provocar una mínima grieta en la lápida, levantó la placa de mármol. Tenía que apresurarse, extraerla de la sepultura, hurtar su cadáver y llevárselo mientras todavía se mantuviese fresco. Escapó del camposanto portando su fúnebre carga, ansioso por estar a solas con la hermosa joven difunta. Pero una vez en su finca rural el psicópata experimentó un raro arrebato de piedad.
La chica tendida sobre la mesa de madera donde él trozaba los cuerpos parecía estar viva. No podía dejar de mirar extasiado su cara angelical, cuya fresca belleza la lividez de la muerte aún no había borrado. No iría a usar las cuchillas para sajar la carne y extirpar la piel, como con los demás; no se sentía capaz de mancillar tanta pureza.
Por eso, cuidándose de no ensuciar la prolija tela que la ceñía, la cargó, y se dirigió a su huerta oculta tras la arboleda. En ese lugar, entre la tierra húmeda, reposaban los esqueletos; algunos estaban completos, pero otros carecían de sus calaveras. Cuando los cuerpos se volvían frágiles por la degradación él le arrancaba los cráneos para aserrarlos. Con algunos fabricaba ceniceros y con otros elaboraba cuencos para beber sopa.
Muy delicadamente, depositó el cadáver de la joven entre los otros restos óseos. Ni siquiera se atrevió a despojarla de la sobria y blanca mortaja. Volvería a los días siguientes para comprobar el avance del proceso de putrefacción.
Cuando la bella finada ya no fuera sino otro esqueleto más, se llevaría su calavera. Pensaba colocarla intacta en la mesa de luz; así, antes de dormirse, recordaría las bonitas facciones, y fantasearía imaginando que ella era su novia.
No obstante, Edward, el granjero psicópata, el depredador de cementerios que robaba los cadáveres de las tumbas, y que también era un asesino (pues había matado a dos señoras), no lograría sumar ese nuevo cráneo a su querida colección.
A la tarde entrante la policía irrumpió en la residencia, y se topó con los horrores.
El cuerpo decapitado se balanceaba desde las vigas del cobertizo, suspendido por los tobillos. Estaba abierto en canal y, más que el organismo sin vida de una mujer, parecía una res recién faenada. Al menos eso creyó el oficial ayudante al mirar por primera vez entre las espesas brumas de aquel recinto apestoso.
Sin embargo, cuando enfocó el haz de su linterna advirtió su error. La viuda que desde días atrás buscaba ya no sería una persona desaparecida. Un ruido estridente lo había conducido hacia ese galpón. Hubiese jurado oír una motosierra en marcha. Ahora reinaba el silencio, pero el policía intuyó que no estaba solo en aquel antro.
Al dirigir la lumbre hacia una esquina avistó a ese sujeto enmascarado, escondido detrás de la tabla donde fileteaba la carne. Producía escalofrío la sonrisa grotesca en la cara de cuero de un muerto desollado, cocida con gruesos hilos. El monstruo empuñaba una motosierra, y parecía estar a punto de volver a ponerla a funcionar. Le apuntó con su revolver de reglamento y, al recibir la voz de alto, el hombre disfrazado no ofreció resistencia; levantó los brazos en señal de rendición, dejando caer el letal artefacto.
El oficial lo esposó a una tubería y salió presuroso. Debía avisar al sheriff, quien se hallaba registrando otro sector del establecimiento. Pero, antes de ir en procura de su superior, su revuelto estómago ya no pudo aguantar más, y vomitó.
En ese momento oyó los gritos del sheriff llamándolo. Aquel, por su parte, había descubierto la huerta donde yacía la bella muchacha fallecida, junto a las verduras y las hortalizas allí plantadas, y los esqueletos de los otros finados.
Edward se libró de ir a la cárcel. La justicia lo declaró insano y fue encerrado en un manicomio. Se trataba de un solterón que siempre había vivido con su madre, una fanática religiosa que dominaba su vida. Tras morir la señora, el hijo comenzó a profanar sepulcros y saquear cadáveres en los cementerios. Los transportaba a su vivienda donde los examinaba, tenía sexo con ellos, y se los comía. Con los cráneos fabricaba ceniceros y cuencos, y con el pellejo confeccionaba brazaletes y vestidos.
Cubrir su desnudez vistiéndose con la piel de los extintos desenterrados le causaba placer. Pero pronto la carne descompuesta dejó de saciarlo, y necesitó sentir la placentera calidez emanada de cuerpos recién cortados.
Corrió el rumor de que aquella granja estaba maldita, habitada por espíritus malignos que indujeron a Edward a cometer esas aberraciones. Una vez recluido el asesino, el establecimiento fue incendiado hasta los cimientos.
* Texto de Gabriel Antonio Pombo.

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