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Mostrando entradas de septiembre, 2025

La sombra que delató al asesino

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  Llegaba a su fin el año 1952 y el viudo Frederick Wilson y su adolescente hija Lucy eran los flamantes inquilinos del viejo apartamento de un edificio londinense sito en la calle Rillington Place. El padre estaba enfrascado en las reformas necesarias para volver confortable ese sitio, que tres días atrás les fuera entregado sucio y en completo desorden. El bajo precio del arriendo se compensaba con las refacciones que el arrendatario se comprometía a efectuar, y la labor le venía resultando más ardua de lo imaginado.  Lo peor de todo era que Lucy, quien al principio se mostrara muy entusiasmada de vivir en ese apartamento, ahora le rogaba que por favor se largasen de allí. El abrupto cambio de opinión de la chica comenzó la noche cuando, vestida con su camisón blanco, se aprontaba para ir a dormir. Entonces dio un vistazo al gran espejo. Le había parecido ver algo extraño reflejarse en él en sus anteriores estadías en la habitación pero, al fijar la mirada, aquella silueta s...

Trabajo insalubre

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La casualidad había querido que, a principios de 1887, Fred Campbell conociera a un caballero recién regresado a Inglaterra, tras prolongada estadía en el extranjero. Se trataba del dueño de un mercante que estaba descargando en el puerto donde él laboraba.  Entre los tripulantes de ese barco revistaba un viejo conocido suyo, quien le comentó que su patrón necesitaba a un marino capacitado para oficiar de maquinista y timonel suplente, en un corto recorrido hacia el paraje en el cual se haría la próxima colocación de mercancías.  Su colega le dijo cuanto dinero ofrecía su jefe por el cumplimiento de esa faena. El monto resultaba más que atractivo y le persuadió a aceptar el convite.  A raíz de ese episodio fue como se vinculó con aquel hombre, un corpulento ex diplomático de apellido Atkinson, a quien supo exhibir sus cualidades náuticas ya durante el inicial periplo para el cual se lo contratase. Cobró una jugosa retribución, pero creyó que su relación laboral concluiría...

Desafiando al mal

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  La bella y joven arqueóloga sintió un escalofrío y buscó a su alrededor con mirada temerosa. Nada ni nadie a la vista; pero el rostro cadavérico parecía acechar detrás suyo flotando en el cielo nuboso. Desde que salió de la derruida iglesia, y avanzó por el bosque rumbo al campamento científico, esa sensación opresiva la perseguía. Comenzaba a nevar y ella apuró el paso. Debía llegar lo antes posible e informar a sus colegas del gran descubrimiento.  Minutos atrás se había armado de valor y, empujando con todas sus fuerzas, logró desplazar la pesada tapa del viejo ataúd. En su interior, con los parpados cerrados, yacía él; ese cadáver incorrupto de piel cenicienta. Sin dudas estaba muerto, llevaba muchos años difunto pero su carne no terminaba de corromperse. Pronto lo haría sin embargo. La estaca impregnada en agua bendita, con la cual la chica le atravesó el pecho, no tardaría en efectuar su obra de destrucción. Gracias a ella los aldeanos ya no tendrían que esconderse tem...

El licántropo

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  Entre los árboles y bajo la lumbre de la luna llena aquel hombre ingería una pócima mágica, invocaba al Maligno y, acto seguido, se iba poco a poco  convirtiendo en un salvaje hombre lobo sediento de sangre. Según se pretendió por los pocos testigos que sin volverse sus víctimas lo vieron durante ese proceso de transformación, aunque aún conservaba su apariencia humana, era un engendro del averno. Mientras se iba trasmutando de hombre a bestia, ese extraño sujeto vagaba por los caminos germanos con su elegante sobretodo y su capucha negra. Sus desorbitados ojos titilaban cual focos amarillentos entre las brumas y su rostro cadavérico de filosos dientes, aunque todavía era el de un ser humano, mostraba la expresión caníbal propia de un animal voraz. Los testigos de cargo juraron ante la Corte que aquel individuo fue el responsable de mutilar y despedazar a dentelladas a catorce infantes, cinco hombres y ocho mujeres; de las cuales dos de éstas estaban en cinta. Se adujo que a...

Jack London en el abismo

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  En 1902, o sea, catorce años después del otoño de terror de 1888 que estremeció a los barrios pobres británicos, un juvenil reportero iría a convivir con los más desamparados. Los acompañaría hasta sus albergues y caminaría con ellos por las callejuelas sórdidas del distrito más paupérrimo del East End londinense: Whitechapel. De esa cruda experiencia nacería un libro señero que se publicaría un año más tarde:  "Gente del abismo",  extraordinaria crítica social de la miseria que aquejaba al país por entonces más poderoso del mundo. Ese joven periodista se llamaba  Jack London , más recordado por sus novelas de aventuras o de ciencia ficción  (Colmillo blanco, La llamada de la selva, El vagabundo de las estrellas)  y también por obras de tenor político-social como  "El talón de hierro" . Demostró, sin embargo, con  "Gente del abismo"  su gran capacidad de cronista de investigación. Lo que hace Jack London es sumergirse en el océano de los de...

El doctor torturador

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  Herman Webster Mudget nació en el año 1860 en la localidad de Gilmanton , Norteamérica , en una familia honesta y puritana. A muy temprana edad manifestó un interés enfermizo por las mujeres que lo transformó con el tiempo en un obseso sexual y en un sádico.  A los dieciocho años se casó con una joven adinerada, Clara Louering. Se aprovechó de la fortuna de su mujer para concluir sus estudios de medicina y obtener su doctorado con honores en la Universidad de Michigan. Una vez cumplido su objetivo, y dejando a su cónyuge en la ruina, huye y se instala en la casa de huéspedes de una respetable y hermosa viuda que lo mantiene gracias a la renta de su pequeño hotel. Sin embargo, no conforme con los beneficios que recibe, transcurrido cierto tiempo el futuro victimario múltiple también abandona a esta mujer y se instala durante un año en el estado de Nueva York donde pasa a ejercer su profesión de médico.  Finalmente se radica en al ciudad de Chicago, donde prevaleciéndos...

El animal más peligroso. Preludio

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  La casucha de madera camuflada entre el follaje era un buen escondite. La patrulla policial del Támesis no solía allegarse hasta aquel territorio. Sólo se preocupaban por reprimir a los contrabandistas, y precaver que los trabajadores del muelle no robasen a sus patronos.  El hombre corpulento había escogido hábilmente el lugar de la ceremonia. Luego lo incendiarían todo. Bastaría con conservar el altar de los sacrificios, la estatua del macho cabrío, la cruz invertida y, por supuesto, los disfraces. Eran necesarios para infundir terror. Ya habría tiempo para cambiarlos por ropa más tradicional: pantalones, camisas, levitas y gabanes corrientes. También suplantaría esas rústicas botas por zapatos de cabritilla, sus preferidos. Pero allí precisaba portar aquel atuendo; y así se había vestido, mientras aguardaba impaciente a sus acólitos, que ya no podrían tardar mucho más.  Afuera, la noche cerrada, sin luna, se cernía sobre la ribera sur del río, en Battersea. Un viento...