Descenso al infierno
El joven Fred se mostraba en extremo nervioso mientras acarreaba el bolsón. No era para menos. Ya había salvado los obstáculos de las vallas exteriores, colándose entre el esqueleto de hierro y cemento. Debía descender raudamente por aquel hueco negro y llegar al sótano. El tiempo apremiaba. Tropezó varias veces, entre las tinieblas, con las vigas y los escombros esparcidos. Por su mente corrían, cual corceles desenfrenados, imágenes y pensamientos. Aquel reducto helaba la sangre hasta del más valiente. Era tan tenebroso y opresivo que parecía una antesala al infierno. O más exactamente, se asemejaba a las fauces de una tumba, dentro de cuyo estómago el intruso se iba sumergiendo. No tenía otro remedio sino avanzar hacia el interior más y más. No podía abandonar el resto humano, que yacía en su bolsa, al alcance de cualquiera de los obreros. El mandato impartido devenía muy claro y concreto. Debían tardar semanas en hallarlo. Si ya al día siguiente, por la mañana, los trabajadores se topaban con aquello, su objetivo habría fallado. Y Fred no podía permitirse el fracaso. No debía caer en saco roto su extraordinaria muestra de coraje y lealtad hacia la secta satánica a la cual pertenecía, al proponerse para consumar el acto simbólico máximo. La burla suprema. Plantar un trozo del cuerpo de la víctima recién asesinada en los cimientos del nuevo edificio de la policía británica.
Entre tanto, él seguía descendiendo. El polvo ocre que inundaba el ambiente había dado espacio a la negritud. El aire enrarecido se adhería a sus pulmones, le ahogaba y hacía toser.
Encendió una pequeña lámpara de ojo de buey y se detuvo en un rincón recóndito, que parecía ideal para su propósito. Depositó allí el paquete con el trozo de cadáver. No había sitio mejor para que el macabro hallazgo tardara en efectuarse. Sólo semanas después, cuando el fétido olor a carne descompuesta se tornase intolerable, se percatarían de su ominosa presencia. Comenzó a subir, dejando atrás el sótano. La penumbra cerrada dio paso a una niebla gris. Algunos pálidos reflejos de la luz lunar se filtraban, concediendo una mísera claridad. Trepó las vallas con el corazón latiendo a tope, amagando estallarle.
En su miedo creyó oír un extraño sonido a su espalda, una respiración densa y jadeante. Pero tal cosa era imposible, no había nadie más en aquel lugar. ¿Quién, aparte de él, podría deambular por las siniestras entrañas de ese antro?
Su imaginación le jugaba una mala pasada, eso tenía que ser. Debía apresurarse y escapar. Pero no pudo continuar ascendiendo, algo había trabado una de sus piernas desde el tobillo. No conseguía moverla por mucho que lo intentaba. Miró hacia abajo y, entre las sombras, descubrió aquello que lo mantenía aferrado. Era una garra. Esa mano gigantesca no era humana y poseía una fuerza descomunal. La garra lo arrastró con increíble violencia, y él resbaló impactando contra el piso húmedo. Lo estaban atacando, ya no quedaban dudas. Sus terrores se hacían realidad. La lámpara rodó y, bajo sus destellos, logró verlo. Era monstruoso. De su rostro deforme sobresalían unos ojos inmensos y desorbitados que lo escrutaban con ansias de animal voraz. La boca del engendro, muy abierta y enorme, mostraba dos filas de cortos puñales. Carecía de dientes y muelas ese ser del averno, sólo colmillos filosos poblaban las encías de esa boca hambrienta. También llevaba un hacha aquella bestia. Con el revés del arma lo golpeó de lleno en la cabeza. Fred cayó desparramado. Al mirar hacía arriba tuvo un vislumbre de cuál sería su destino. El monstruo volvía a blandir el hacha. Esta vez con el filo apuntando hacia el cuello de su presa.
* Texto de Gabriel Antonio Pombo.

Comentarios
Publicar un comentario